28/1/17

Invocando la lluvia

El pasado jueves, 26 de enero, amaneció lleno de humo en Concepción.

Como nunca, me fui en la bicicleta en medio de la avenida Collao. Andaban muy pocas micros y casi ningún auto. Un aire como fantasmal. Los incendios en Florida, en Palomares, allá en Penco, tenían el día así. Toda la zona centro sur del país está ardiendo. El peor incendio de la historia, el más grande de Latinoamérica.

¿Quién haría algo así? ¿Por qué?

En Psiquiatría no andaba casi nadie, entre las vacaciones y la gente que no pudo ir por los cortes en las calles. El aire fantasmal era el mismo que allá afuera. Diego se dio cuenta que la gente andaba toda como enojada, irritable, y triste. La reunión clínica de la mañana, como que nadie la pescó. Y apenas pudimos hacer algún taller con los pacientes; también ellos andaban medio perdidos. Veían las noticias, y veían el humo allá afuera... no puedo ni imaginar qué pensarían, pero seguro que no era bueno. Nada bueno.

De vuelta en la oficina, Cristian apenas podía aguantarse la pena. Había visto recién la horrible noticia del pueblo de Santa Olga, en Constitución. Se quemó entero. Mil casas quemadas, seis mil personas en la calle, sin nada, en una noche. Se sentía como si nosotros mismos hubiésemos perdido todo en el fuego. Una tragedia total, y totalmente sin sentido. ¿Quién haría algo así? ¿Por qué? ¿Por qué alguien prendería más fuego en medio de los incendios, por qué dispararle a los bomberos y a los voluntarios? Para mí ninguna razón tenía sentido, a menos que alguien les estuviera pagando por todo esto; sólo la plata llevaría a esas personas a hacer algo así, ninguna otra razón. O quizás una locura compartida, o quizás alguna especie de fundamento religioso. Sólo esos desquicios cabrían como argumento. ¿Que renuncie la Presidenta? ¿Y qué pasaría con eso? ¡Nada! De todas estas cosas hablábamos, mientras el humo seguía allá afuera y el calor hacía el aire cada vez más insoportable.

Nos motivamos espontáneamente y creamos una colecta interna. Le escribí a todas las Unidades y sectores de Psiquiatría, escribimos algunos letreros, y habilitamos una caja como alcancía. Algo había que hacer. De todas maneras yo no iba a estar al día siguiente, así que le encargué la colecta a Cristian. Esperaba que así se sintiera mejor. Después nos pusimos a tocar guitarra, para tener un poco de buenas vibras. "Y si no fuera", de los Chico Trujillo en nuestra versión bolereada. Cristian cantaba "cómo quisiera... que lloviera..."

Más tarde fui al centro, aunque hacía demasiado calor. Traté de comprarme un café helado en el Rendibú, y en eso se cortó la luz en todo el Centro y cerraron todas las tiendas. Me senté bajo un árbol en la Plaza y la Naty me llamó, pero era tanto el calor que en verdad ni siquiera pude concentrarme en lo que me decía, y de pronto la llamada se cortó. Luego me fui a la U de Conce, por lo que publicaron los de Utopía en Facebook, pero no estaban ahí, y nadie de los que estaban en ese punto de acopio me conocían, así que no supe cómo colarme en el asunto y al final no me pescaron. Llegó Pepito y nos quedamos conversando un rato en la Plaza Perú, capeando el calor insoportable, y mirando algunos anuncios que iban y venían por Whatsapp, todos falsos.

Un viento helado, muy helado, se levantó de la nada. El agua de la pileta salpicó a todos lados, y por unos segundos se sintió bien. Pero el humo volvió a avanzar y se llenó todo de cenizas. Pasaron motos de Carabineros y carros de Bomberos a toda marcha, con sus sirenas tan ruidosas que se encendían las alarmas de los autos. Se puso todo muy oscuro, y el humo era cada vez más denso. Tomé la bicicleta y me fui a casa lo más rápido que pude, torpemente entre la gente que caminaba rápido. Tenía miedo. Había "estado de excepción" en la ciudad.

Me duché, para sacarme el sudor y las cenizas del pelo. Mi ropa estaba hedionda a humo, así que no quise abrir las ventanas. Puse inciensos y velas y el ventilador en frío. Miré otra vez el Facebook, y entre más noticias falsas, varias personas convocaban a una "meditación por la lluvia". La idea era invocarla, sentirla como si estuviera lloviendo en ese momento, sentir el agua caer, la tierra húmeda. Salí a regar mis plantitas al balcón, y unos vecinos del edificio ensayaban una canción cristiana...

Ya en la noche, quise sumarme a la invocación a la lluvia. Afuera sólo había humo, y ese color rojo en el cielo, de un fuego lejano. Me quedé solamente con las velas encendidas, y puse un audio del Youtube con sonidos de lluvia y truenos.

Y me sentí muy aliviado.

Jenni me dijo que un grupo de amigos suyos, del yoga, habían estado meditando desde temprano, y ella misma había estado pensando en lluvia todo el día. Así que no fue tan inesperado para ellos lo que había pasado en la tarde, esa brisa helada, que vino del mar e hizo bajar la temperatura. Le conté de mis vecinos cantando y de cómo yo mismo me puse a cantar, y le pareció hermoso. "En estos momentos volvemos a unirnos. Esencialmente somos Uno, y lo recordamos en los momentos de crisis".

Tomé el teléfono y grabé un audio para Cristian; le dije que había estado invocando la lluvia, y que escuchara atentamente, y acerqué el teléfono a los parlantes del computador. Al otro lado, él escuchó el sonido de la lluvia. Y fue inmensamente feliz.

En la madrugada, cayó una llovizna muy suave sobre Concepción. Y aunque no apagó los fuegos, bastó para aliviar un poco los ánimos de todas las personas.

22/1/17

Una primera vez, parte III

El viaje comienza debajo de la lengua. El placer y el dolor, que en ese mismo espacio nacen y mueren en forma de palabras y silencios, se disuelven en un trago que al comienzo sabe amargo. Sólo al comienzo. No tengo idea de qué va a pasar, pero no tengo miedo, sólo mucha curiosidad. No todos quieren hacerlo; no todos saben lo bueno que podría ser. Pero no juzgamos; aquí estamos quienes queremos ver las cosas de otra forma, y tarde o temprano, y de alguna u otra forma, todos y todas lo haremos.

"¿Cómo va el viaje?", me pregunta ella. "Acaba de comenzar", le respondo.

"¡Es momento del colchón en el balcón!", grita el Gato. Soltamos las copas de vino y salimos corriendo a tendernos en masa sobre un colchón donde no cabían diez personas. Abrazados, con las cabezas apoyadas en pechos, hombros o piernas, miramos arriba. La Fabi apaga la luz, y aparece todo el esplendor de las estrellas, en el cielo totalmente despejado, en una cálida noche de verano en la playa. Impresionante. El ruido del mar y Tame Impala hacen lo suyo, y la música coincide con las imágenes que empiezan a aparecer. Estrellas hechas de otras estrellas, figuras perfectas, triángulos. Marte, Venus. Seres mágicos que tienen pedazos de todos nosotros (¿estará inventando la Javiera, o de verdad los ve?) Satélites que se cruzan unos con otros para observarnos. Los saludamos, y empezamos a tener sendos ataques de risa. Por cualquier cosa: porque las estrellas se dan vuelta pero quedan ahí mismo, por la campaña del Vela, por cómo el Lucho agarra a todo el mundo pal webeo. El Enzo quiere cambiar la música, él no está en la misma que nosotros y se aburre. Pone reggaeton. Nos da otro ataque de risa, y tiene que volver a cambiarla.

"¡Salió barato este carrete! ¡Se tripean cuatro y webean diez!"

No se puede estar así sin bajar a caminar a la playa. Son las dos de la mañana, y no hay nadie. Sólo los perros que nos siguen y parece que igual están medio locos. La Javi no puede dejar de sentir que se ha fusionado con la arena, que ahora son un sólo ser, y se tiende de bruces. Pronto los cuatro caminamos hacia el agua, que está tibia, en serio, tibia. Caminamos, la Javi, el Lucho, atrás yo, más atrás el Edgardo. Y empezamos a pensar en cómo las diferentes líneas temporales nos han traído hasta aquí, que no teníamos forma alguna de encontrarnos en nuestras vidas mundanas pero lo hicimos igual. ¿Cómo es posible que seamos los únicos seres pensantes en esta playa, y en este Universo? ¿Qué hemos hecho con nosotros mismos hasta acá? No nos cabe en la cabeza que la Tierra tenga miles de millones de años de existencia, y nosotros nos creemos la gran cosa y no llegaremos ni a los ochenta. ¡Ochenta... contra cuatro mil seiscientos millones! Y esta cosa, la Tierra, seguirá viviendo, y habremos pasado como una simple colonia de insectos que de pronto ella se sacudirá, y adiós, no seremos más que el petróleo del futuro. Y sin embargo, lo que uno hace, marca una diferencia. Y es más importante darle un sentido a la vida, porque es muy breve, pero nunca, jamás, debe faltarle significado, porque ahí sí que la existencia se pudre. Estamos obligados a darnos nuestro propio rumbo, y sólo podremos hacerlo estando juntos, apasionándonos por lo que hacemos, queriéndonos como lo hacemos, más allá de cualquier religión o partido político o profesión. Y es por eso que nos encontramos en primer lugar.

"La mente hace preguntas, el corazón da las respuestas. La vida no tiene ningún sentido. ¡Vive! ¡Vive!"

Una atmósfera verde rodea la casa cuando volvemos, y la cosa vuelve a prenderse. No tengo ni una pizca de sueño, nada. La Jenni es la primera en caer, está algo mareada, ha estado así desde antes de venir a la playa. Mientras se cambia la ropa y se acuesta, salimos a mirar la luna, que acaba de aparecer recién a esta hora. No puedo controlar la impresión. ¡Está de colores! La Javi hace el saludo al sol, de noche. El Vela no puede parar de reírse. Y el Enzo y el Fah no entienden nada. El Gato dice que nos acompañará en el viaje para la próxima, porque ahora quería presentarnos la casa en buen estado. Uno a uno, terminan de fumar lo último que queda y se van a dormir. Pero yo no tengo ni una pizca de sueño, nada. El Edgardo es el más feliz, porque tendrá el colchón para volver a tenderse más cómodamente que antes. Y de pronto estamos otra vez mirando las estrellas. Cada uno en sus propios pensamientos; yo, igual que siempre, en los míos. Me doy cuenta de algo maravilloso. Y es que me siento tremendamente feliz. Y veo aquellos pensamientos que durante las últimas semanas me han hecho temer y temblar, pero los veo lejos de mí. Muy lejos. Como si pertenecieran a otra persona, a otro Kalo, a alguien que esta noche no está aquí. El que está aquí, tendido junto a la Javi y el Edgardo y el Lucho, es pura felicidad. Las estrellas se disuelven lentamente mientras el cielo se aclara. La luna recupera su nitidez, mis pupilas vuelven a su estado normal. Es hora de dormir, por fin.



EPÍLOGO

En la mañana, bajamos a la playa y tomamos todo el sol, y yo me aventuré a nadar un rato entre las algas, aunque el agua estaba tan helada que los demás no se bañaron, sólo se quedaron mirando los cangrejos y los pececitos. Después almorzamos todos juntos unos fideos con salsa blanca, y nos tendimos en el colchón otra vez, bajo el sol.

Ahora, está atardeciendo. Ya se ha ido la mitad de los que llegaron ayer. Después de una larga siesta, salimos a caminar con el Gato y la Fabi por la playa, alrededor de la "tortuga-león". Subo por las rocas y me quedo ahí arriba, mirando el mar y el cielo crepuscular, en ese momento exacto entre el día y la noche. Siento el viento y su elocuente silencio.

Allá abajo, la Fabi lanza unas piedras al agua. El Gato la mira y ve que está con una tremenda y bella sonrisa. Le pregunta qué le pasa. Ella dice que simplemente está feliz, y los dos se ríen.

Miro las olas moviéndose entre las rocas. Y aquello que hace un tiempo me estremecía, el mar, hoy lo siento como una invitación a la paz. Y comprendo que quien necesita estar en calma, en paz, no es el mar. Soy yo.

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13/11/16

Los felices son los demás


- Quiero hablar con usted, porque me dijeron que yo podía buscar a alguien para hablar cuando yo quisiera.
- Sí, claro que sí. ¿Qué pasa?
- Es que... tengo... ¡Tengo tanta pena! ¡Pero no quiero ponerme a llorar porque...! ¡Es que yo no quería salir del taller, porque estábamos haciendo algo lindo! ¡Pero tengo mucha pena!
- No te preocupes, llora nomás. No tiene nada de malo que llores, todos lo necesitamos de vez en cuando.
- Pero, ¿y el taller?
- Nadie te va a decir nada por el taller. Si te sientes triste y necesitas estar sola, está bien que te retires un rato. Es mejor eso, que estar aguantándote la pena por cumplir con un taller. No te preocupes.
- Ya. Gracias. ¡Perdón!
- Tranquila, echa para afuera nomás. Pero, ¿puedes contarme... qué pasó?
- Es que... estoy cansada. Porque yo siempre estoy contenta, y tengo amigas, y me gusta salir con ellas y conversar, ¡hasta cuando estoy en clases! Y quiero hacer más cosas, y en mi casa también, me gusta leer, dibujar, inventar cosas en mi casa. Converso harto con mis papás. Y me ha ido bien en clases.
- Súper bien.
- Siempre estoy haciendo cosas, me gusta ser activa. Pero cuando estoy más relajada... así, como estábamos en el taller... cuando estoy relajada y no estoy con mis amigas, conversando... me pongo a pensar... y eso me hace mal, pensar.
- ¿En qué piensas?
- Empiezo a acordarme de las cosas que me pasaron, cuando era más chica. Y me acuerdo que en ese tiempo, yo me sentía tan sola... y siento que toda mi alegría es por fuera nomás, es como superficial. Porque siempre me siento triste, y a veces tengo ganas de llorar, y no puedo, porque tengo que estar contenta, porque si no, mis amigas empiezan a preguntarme, y no quiero contarles, y acá también se ponen a preguntarme...
- Es que, cuando uno ve a a una persona triste, y esa persona te importa, claro que van a preguntar pues. Por eso te preguntan, porque le importas a la gente, a tus amigas, a los chicos acá, y también a nosotros.
- ¿Y si no quiero hablar? A veces quiero estar sola un ratito, y después puedo hablar.
- Eso tienes que decirlo. Así mismo como me lo estás diciendo a mí, díselo a tus amigas. "No quiero hablar, quiero estar sola, después conversamos". ¡Diles nomás!
- Sí, mis amigas cuando están en sus días, siempre dicen eso. "Estoy idiota".
- ¿Ves? Tú igual puedes hacerlo, y es mejor que lo hagas, porque así todos aprendemos a conocerte.
- Pero eso no está bien.
- ¿Por qué no?
- Porque... No sé. ¿Caigo mal? Es que uno tiene que hablar siempre, eso es lo que está bien.
- No es así. Mira, en el mundo hay personas extrovertidas y personas introvertidas. Las personas extrovertidas necesitan conversar para estar con energía, para estar contentas; y las personas introvertidas, al revés, pueden conversar y estar alegres harto tiempo, pero se cansan, y necesitan estar solas para recargar las pilas. Ser introvertido no tiene nada de malo. La mitad de la gente de todo el mundo es introvertida.
- Usted es extrovertido.
- ¿Tú crees? Yo me pongo conversador cuando estoy con ustedes. Pero yo también soy introvertido, y más que tú.
- ¿¿En serio??
- Igual que tú, yo también me canso. Y cuando me canso, tengo que estar solo, o conversar con una persona, pero una nomás. Por eso te entiendo. Yo sé que es agotador tener que estar contento todo el tiempo, y a veces da lata que los demás se pongan a preguntar cosas cuando uno no quiere hablar...
- Sí, es agotador.
- Por eso uno tiene que decir cuándo quiere hablar y cuándo no. Pero lo más importante, es que no te sientas culpable si a veces no quieres hablar. No te sientas culpable por tener pena, o rabia, o miedo. Tú tienes derecho a sentir todas las emociones que quieras. Lo importante es saber cómo te sientes, y por qué te sientes así.
- Yo sí sé. Yo entiendo mis emociones.
- Y yo sé que es así, porque me has podido explicar súper bien lo que te pasa. Y eso es algo muy bueno que tú tienes, es una gran habilidad. Muchas personas sienten cosas y no saben por qué, o no se atreven a reconocer sus emociones. ¡Sobre todo los hombres!
- ¡Sí, eso es verdad!
- Ves que nos entendemos. Bueno, ¿cómo estás ahora?
- Más o menos. ¡No es por usted! Me hace bien hablar con usted. Pero... es que no sé cómo dejar de sentime así. Ya estoy cansada. No sé cómo dejar de sentirme triste cada vez que me relajo.
- Bueno, eso tiene que hacerse con un tratamiento, y es por eso que estás aquí. La psicoterapia te ayudará con eso. Tienes que hablar con la psicóloga.
- Es que... ¿le cuento un secreto?
- Ya.
- Estoy aburrida de los psicólogos. Ellos siempre complican las cosas.

7/11/16

El gran acuerdo de almas


Si es verdad lo que dicen, todos estamos aquí bajo un gran acuerdo de almas.

Hace unos días una colega terapeuta en Psiquiatría nos leyó un artículo que encontró en un blog, que le pareció interesante, y que hablaba sobre esto.

Decía que el acuerdo de almas es una especie de contrato de encuentro, una cita programada hace mucho tiempo, en verdad, "antes de nuestra encarnación", cuando el reino de las almas era uno sólo. En ese tiempo sin tiempo, las almas que se preparaban para el viaje acordaban volver a encontrarse, en el tiempo humano y en cuerpos humanos. Y eso es un acuerdo de almas: la explicación mística, no racional, de por qué nos encontramos con ésa persona, justo ésa y no otra, de por qué tenemos algunos encuentros tan difíciles de explicar por su intensidad, por el agrado o el desagrado inmediato que generan, o por qué permanecen aún cuando las personas no los mantienen activamente por periodos largos de tiempo. Hay quienes nos encontramos con alguna persona que de inmediato, sin tiempo, se nos hace amiga, o algo más. A veces tenemos amigos, o hermanos, o padres, que no vemos hace décadas y al volver a aparecer, volvemos a ponernos al día, y es como haberse visto ayer. Todos la tenemos más fácil perdonando a algunas personas y detestando a otras, o dejamos atrás a algunos y seguimos acarreando a otros. ¿Por qué? ¿Qué hace la diferencia, finalmente? En el viaje de la vida, las almas llevan algo así como una hoja de ruta, un mapa al que la mente no puede acceder, donde están señalados todos los puntos de encuentro, y que uno los vive como "casualidades", o "buena/mala suerte", o incluso como "nada especial", cuando en realidad son intersecciones de todos los caminos en una red inmensa, impensablemente grande y perfecta, que vamos descubriendo poco a poco, a medida que vamos viviendo la vida, simplemente.

Me pareció interesante por varias razones.

Si el Universo opera así, si las almas de todos nosotros hacen un viaje tan detalladamente trazado, eso quiere decir que no hay "errores", a la hora de encontrarnos con quien sea. Si todo es parte de una misma ruta, no hay "fracasos" en las relaciones con los demás. Cuando una relación se termina, es porque al igual que al empezar, le llegó su momento. El error, el fracaso, uno lo percibe cuando ocurre algo que uno no desea, pero el sabor amargo que traen no tiene tanto que ver con el acuerdo, tiene que ver más con el deseo. Porque el acuerdo ya está hecho, estaba hecho de antes; es uno quien tiene que decidir si lo acepta con resignación, con dolor, con alegría, con rabia, con placer. No hay errores ni fracasos en verdad. No hay nada de qué arrepentirse, y nada que perdonar.

Pero entonces, ¿ya está todo hecho? Incluso las relaciones tóxicas, los encuentros dañinos, los acuerdos que vienen a provocarnos dolor y sufrimiento en sí mismos, ya sea que los "merezcamos" o no, ¿ésos también? ¿Y qué pasa con la libertad? ¿Acaso ver la vida así, como un acuerdo hecho antes de tiempo, no es simplemente otra forma de "destino" ineludible, inmodificable? ¿Entonces el misticismo es igual de corrupto que una empresa o un partido político, donde las cosas se arreglan de antemano entre unas pocas almas, y eso es todo?

Por esa inquietud fue que me puse a leer por otros lados sobre el asunto. Así descubrí que en otro blog hablan sobre cómo resolver la duda, con algo que yo ya creía de mucho antes. Y es que la libertad es parte de la condición humana, parte de nuestra constitución como seres conscientes. Somos libres incluso para decidir cuánto nos dejamos obligar o condicionar por las circunstancias. Simplemente, no podemos no ser libres. Así como no hay errores ni fracasos en el acuerdo de almas, tampoco hay excusas ni obligaciones en nuestra manera de ser, en las decisiones que tomamos día a día. El acuerdo de almas es una pauta, una hoja de ruta, no una ley grabada en piedra. El acuerdo de almas trae "cláusulas de salida". ¿Cómo tomarlas? Eso depende del nivel de auto-conciencia al que podamos acceder. Por eso es tan importante la reflexión y la meditación. Porque así podremos tomar parte activa de este acuerdo, no sólo seguirlo y cumplirlo; podremos saber de antemano que todos nuestros encuentros tienen una razón, y podremos eventualmente ver esa razón, y dejarnos maravillar por ella. Y podremos seguir avanzando en la ruta que el acuerdo nos tiene trazada, pero a nuestro propio ritmo.

Todos estamos aquí bajo el gran acuerdo de almas.

12/9/16

El viaje

Este libro comienza con el día más feliz, y a la vez, el más triste de mi vida. Mi Naty se fue, finalmente, a embarcar. Todos los hechos sucedieron tal como han sido las grandes decisiones que hemos tomado juntes: rápidas, casi de un día para otro, casi sin certezas sobre nada, salvo una: que, como siempre, todo va a estar bien.

Yo estaba en el trabajo, allá en Psiquiatría, viendo a unos médicos hablar sobre algo que no podría interesarme menos. Me puse a mirar mi teléfono, y justo ella me habló: quería que la llamara. Ella nunca me pide eso. El corazón casi se me sale del pecho. Supe que algo pasaba, algo grave. Escapé a nuestra oficina de T.O. y la llamé. Y era que la habían llamado. La despertó el llamado más importante de los últimos años: siendo jueves, tenía que decidir si se embarcaba en el crucero el lunes. Sí o no. No le dijeron dónde, porque ellos mismos aún no sabían, sólo sabían que un cupo se había liberado y que ella tenía que responder en el momento. Les pidió una hora y me contactó, entre sollozos, porque la verdad era que no sabía si tomarlo o no. Por nuestros planes, por mí.

La Naty Werever sabía que el momento llegaría, y yo también. Lo esperábamos hace exactamente 1 año, cuando le informaron que estaba aprobada para trabajar en ventas. Lo esperaba cuando me dijo, una noche hace mucho tiempo, que deseaba viajar por el mundo, que algo le decía en sus sueños que tenía que volar libremente, y que me decía esto para saber mi opinión, y no para pedirme permiso, porque ya lo había averiguado todo y tenía medio camino hecho en la postulación. Ella lo había esperado toda su vida; incluso en los meses que estuvo en Australia, incluso en los días en que caminábamos en plena carretera bajo el sol, incluso ahí sabía y se veía a sí misma viajando más allá, siempre más allá. En estos meses recientes los planes habian cambiado, ambos estábamos trabajando, y hace 3 meses ella misma me había pedido matrimonio. Pero el sueño, la poderosa visión de toda una vida, no había cambiado. Yo no sería capaz de negárselo, ¿cómo podría? Si no lo hacía ahora, al tiro, con todo lo que habíamos esperado, podría no ocurrir jamás. Nuestro planes eran nuestros, podían esperar y moverse; la materialización del sueño, no. Entonces, dijo que sí.

Cuando les devolvió el llamado, ellos tenían ya en sus manos la consulta de otra persona, por lo que tendrían que decidir entre las dos. Tuvimos que esperar todo el día. Hasta que en la tarde, nueve horas después, la confirmaron a ella, a mi amor, y le confirmaron también su destino, el lugar de embarque, y el disparador de mi descompensación momentánea. Alaska.

¿Cómo mierda iba a irse a Alaska? ¿Cómo conseguir un vuelo de más de un millón de pesos en dos días? Consulté a mi padre y a mi hermano, y al comienzo no me apoyaron, no sólo porque no podían, sino porque lo consideraban una locura, una estafa, una mala jugada, ¡es que nadie hace algo así! La hora que la esperé en el departamento fue la más larga que recuerdo. A cada minuto me decía a mí mismo: "No es posible, no es posible, tendremos que esperar..."

Hasta que llegó a casa, con las pupilas dilatadas, jadeando y sonriendo. Y es que tenía el contacto de una agencia de viajes para staff de cruceros de último minuto que le cobrarían la mitad del precio del vuelo a Alaska; tenía su propia línea de crédito con cupo y lista; tenía, finalmente, un par de amigos que le ofrecerían un millón de pesos en total, ni más ni menos, por cualquier cosa. Había renunciado a sus trabajos, no había nada más que hacer. Ella lo tenía todo listo. Mujer acuariana, no necesitaba nada de mí, sólo mi amor y mi apoyo, si era capaz de apoyarla incondicionalmente, porque ella iba a hacer esto conmigo o sin mí. Comprendí que la profundidad de mi temor era infundada, que mi responsabilidad hacia ella, que traté de sacar como argumento, se extendía solamente hacia esa pregunta decisiva que a ella le hicieron esa mañana: ¿Estás en esto, sí o no? Y entonces rompí a llorar. Lloré y lloré como nunca lo había hecho. Lloré porque entré en conciencia de que todo esto estaba realmente ocurriendo, que ella se iba, que ya lo había decidido, que yo la estaba apoyando, que había que seguir adelante, que es lo más lejos que jamás estaríamos y lo más unidos que habíamos estado, la prueba definitiva de nuestro amor, la prueba de mi respeto irrestricto a su libertad absoluta, su proeza más grande y más plena de sentido, bajo la forma de una completa locura, una que nos unía al mismo tiempo que nos separaba.

No hubo despedidas emocionantes; todo fue por teléfono. Comimos, nuestra última cena, armamos la maleta y nos fuimos al Terminal. Cuando íbamos en camino a Santiago, ahí supo la Fabel que su hermanita se iba al otro lado del mundo; ahí supo la Lety que sus dos mejores amiges se separaban; ahí supo mi familia que la Naty ya lo había conseguido. Incluso el tonto de su padre, no cachando bien qué pasaba, la llamó para despedirse, o algo así. Tal era la potencia cósmica de este evento totalmente inesperado en el tiempo y espacio.

Hubo un momento, sólo un momento en ese frenético fin de semana, en que logré evadirme de esta historia: cuando estaba rindiendo el TOEFL. El viaje a Santiago estaba anticipado, fijado antes de toda esta locura. Lo que me hace pensar que quizás el Universo había agendado el resto del viaje de acuerdo a nuestros planes, y no al revés, como se supone que es. El resto del tiempo, la totalidad de mi mente estaba enfocada en este asunto. Ella estaba mil veces más ansiosa que yo, y aún así dirigía algunas de mis acciones. Su teléfono no paraba de sonar; llamados y mensajes de Whatsapp de todos los amigos y amigas, de sus familiares, queriendo saberlo todo. Yo respondía en algunos grupos, porque a ella le faltaban manos y palabras para describir cómo se sentía, porque lo sentía ¡todo al mismo tiempo!

El día de su partida comenzó con nosotres acostados por última vez, en el futón que nos asilaba en el departamento de nuestra querida Marcela. Ahí ella dejó ir la última cadena que la ataba, lo único malo del inicio de esta travesía: que sentía culpa por dejarme solo. Ella sabía de mi tendencia a la melancolía, sabía que a pesar de que yo soy de naturaleza introvertida y disfruto la soledad, no siempre la disfrutaría. Eso la amarraba, y sólo por eso sería capaz de dejar todo este viaje tirado. Pero no lo iba a hacer. Porque este viaje significaba algo más grande, algo que aún no alcanzábamos a comprender, algo superior. Ante la falta de certezas, sólo la intuición y nuestro sentido de la mística nos guiaba.

Nos fuimos al aeropuerto con la Lety y la Fabel, que ya comenzaban a llorar. Al darme cuenta de eso, fue como si mis conductos lagrimales se hubiesen sellado. No podía verme mal, con pena o con miedo, esas últimas horas con ella. Nos fuimos jugando Pokémon Go, así de determinado estaba a sacarle todas las sonrisas posibles, darle todas mis sonrisas posibles. Y lo logré, me mantuve en control. Me mantuve así incluso cuando llegó la hora. Avanzamos a la plataforma tomados de la mano, a paso firme, como yendo a encarar al Destino mismo, en todo su esplendor. Y éste la recibió resuelta, aunque llena de dudas, feliz aunque llorando a mares, sin saber nada, ni qué estaba haciendo, ni cómo sería el lugar donde llegaba, ni cómo iba a ser el viaje. Es decir, como la mejor viajera, ésa que sólo desea el viaje en sí mismo, aunque no sepa cómo será. La única certeza era la más absoluta, la que nos había traído todo el camino hasta acá, la certeza que yo había olvidado esa última noche en Concepción, y que terminaba de instalarse entre nosotres cuando nos miramos por última vez, a través del ventanal. Que todo va a estar bien.

Así fue el fin de semana más extremo, el día más feliz y al mismo tiempo el más triste de mi vida, el último con ella en un largo tiempo. Serán 6 meses de incertidumbre. Pero en el largo espectro de las cosas, medio año será poco, en comparación a todos los años que deseamos volver a estar juntes.

14/6/16

En deuda


Mi vida ha sido muy afortunada. Realmente, muy afortunada. Lo más accidentado en mi vida fue mi nacimiento, pero desde entonces, prácticamente nada más. Tengo una familia amorosa, unos padres que han estado conmigo y mis hermanos desde siempre, unos hermanos a quienes adoro y admiro un montón. Nunca en mi niñez pasé por ningún evento traumático, afortunadamente, no sufrí violencia, no fui abusado, no se me murió nadie. Nunca he estado enfermo en un hospital (salvo unos primeros días de vida), tampoco en rehabilitación. Tuve todo lo que necesitaba para vivir bien y estar feliz, y si me faltaron algunos caprichos, nunca me faltó la comida ni la ropa. Todos los eventos de mi vida han sido de lo más normativos: la escuela, la enseñanza media, los amigos, el aprendizaje de un arte, la vocación, el pololeo, el compromiso social, el empezar a trabajar, la emigración del nido, el compartir mi vida con mi amor. Cuando he tenido problemas, los he resuelto bastante rápidamente. Desde que tengo uso de razón que he sido capaz de reflexionar sobre lo que hago y sobre lo que haré, aunque eso me ha traído culpas y temores que a veces no me han dejado hacer las cosas tranquilo, y esa sería mi máxima molestia en la vida, lo único de lo que podría arrepentirme.

Cuando era más chico y creía en el cristianismo, mis padres me enseñaron que Dios siempre le da a cada persona lo justo y necesario, que todos tenemos una cruz hecha en la justa medida de lo que somos, que nadie tiene una cruz que no pueda cargar. Hoy he dejado atrás el cristianismo, pero no llegué a ser precisamente ateo, por lo que esta idea persiste en mi conciencia, aunque ya no en forma de cruz. Si mi vida siempre ha sido tan fácil, ¿acaso es porque mi "cruz", o mi "karma" si se quiere, es pequeño? ¿Qué significa eso entonces? ¿Que en verdad soy un débil, que no sería capaz de llevar una vida más difícil? ¿Qué pasará entonces cuando me ocurra una tragedia, que eventualmente me ocurrirá? ¿Qué será de mí cuando se me muera alguien, cuando tenga un accidente, cuando me toque el dolor, cuando yo sea el paciente y no el terapeuta? ¿Podré cargar mi propio sufrimiento, en vez de seguir siendo un mero espectador del sufrimiento de los demás?

Ella me dice que pensar así es masoquismo puro, y que no pasa nada si no he tenido una vida difícil. ¿Acaso estoy obligado a sufrir para entender el sufrimiento? ¿Estoy obligado a sufrir para hacerme más fuerte y más sabio? ¿Y cómo, entonces, es que he llegado a tener las virtudes que tengo? Ella dice que tengo la visión, que tengo la sabiduría, porque he aprendido a cultivarla a voluntad, en vez de hacerlo a la fuerza. He aprendido a través de la paz mental, y no a través del dolor. Y es por eso que me causa tanta fascinación la locura, porque puedo dar luz a quienes lo necesitan desde afuera. Finalmente, no debería sentirme sino agradecido por estas virtudes que tengo, que han ayudado a algunas personas y podrían servir a muchos más. Estoy agradecido, pero no estoy tan seguro de saber tanto. No sé si pueda sobrevivir a una catástrofe, porque no me ha ocurrido ninguna. Todas las personas sabias que conozco lo han hecho, y por eso, justamente, son sabias.

¿De dónde viene, entonces, todo esto? ¿De dónde viene la bendición de tener una vida sin pesares ni contratiempos terribles, si siento que no he hecho nada por ello? ¿O sí?

Esto va más allá de cualquier explicación racional: ya sé de qué se trata el buen apego generado con mis padres, sé cuánto han influido los distintos servicios que han contribuido a mi bienestar, sé que mi estabilidad emocional y mi buen estado cognitivo me han ayudado a tomar las decisiones correctas. Sé todo eso, pero hay algo más, siempre hay algo más allá. Si la ley del karma es verdad, si las religiones dharmáticas tienen razón, y la vida es una sucesión de reencarnaciones que transitan desde el sufrimiento hasta la liberación absoluta, entonces mi pregunta tiene algo así como una respuesta. Esta bendición, estas virtudes, no vienen de mí, vienen de antes de mí. Han sido otras personas, otras vidas, quienes han hecho el trabajo sucio hasta llegar a mí. Otras personas antes de mí han sufrido, y por eso yo entiendo el sufrimiento. Otras personas han trabajado en esta alma para liberarla, y por eso hoy mi alma está relativamente libre.

He reflexionado mucho sobre esto, y he llegado a una conclusión. Que estoy en deuda. Estoy en deuda con esas otras personas, con esas otras vidas, por haber salvado la mía. Estoy en deuda con el Universo por haberme dado tanta luz a través de mi familia y de mi vida. Tal vez, sí, estoy en deuda con Dios. Y tengo que encontrar todas las formas posibles de retribuir todo lo que he ganado y recibido.

Este es, efectivamente, el año del karma y el dharma.

"Era él, era yo"

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Hermano del medio, terapeuta ocupacional, aprendiz y maestro, dibujos y letras, guitarra y temas propios, existencialismo, pasiones varias, sociedades secretas, el amor de mi vida al lado, y algo de dinero, algo.