18/9/17

31. La casa sobre la colina


Subiendo por el cerro, bajo un sol de verano y un cielo maravilloso, llegué a la casa sobre la colina. Abrí el portón y entré. La casa era grande, estilo colonial, estaba desocupada hace un tiempo y se veía algo oscura y desaliñada. Al entrar me di cuenta de que el espacio era grande y cómodo, sólo hacía falta limpiar todo. Me saqué la mochila y me puse a ordenar, abrí ventanas, moví tablas, barrí el piso. Quería un espacio donde recibir a todo el mundo, a todas las personas que me conocieran y que quisieran estar ahí conmigo, para no estar nunca más solo en mi propia casa. Se abrió la puerta y entraron mis amigos magallánicos, los terapeutas y la gente de la ONG, que de inmediato me ayudaron a acarrear cosas y lavar algunos platos y tazas. Acomodaron la mesa al centro del salón, prendieron inciensos y palo santo, se sacaron unas chelas y unas hierbas mágicas y pusieron esa música que tantas veces nos ha prendido antes del carrete mientras se reían a carcajadas. De inmediato empezó a hacerse un buen ambiente. Sentí autos afuera y salí a ver qué onda, y era la gente del clan, mis queridos y queridas maestras. Nos abrazamos con todo el mundo y entraron todas a la casa, unas se pusieron a preparar comida, otras fumaban y jugaban a las cartas, otras se iban a los dormitorios y tiraban colchones en el suelo y ahí quedaban tiradas, como gatitos. Entró más gente, conocidos de conocidos, gente que había visto allá en Valparaíso también, y todo el mundo compartía feliz, mientras yo andaba de un lado para otro, entre pasillos y escaleras donde me topaba a cada rato con alguien diferente, como siempre ando en los carretes, mirando todos los grupos y captando a medias los temas de conversación mientras sigo dando vueltas con mi vaso en la mano. Afuera apareció el invernadero y llegó la Unidad de Terapia Ocupacional en pleno, con un montón de gente que iba entrando, los chicos de la ONG y otros participantes. Estaban regando, martillando tablas, transplantando flores y moviendo la tierra con palas y azadones. Entraban y salían con guantes y herramientas, con flores en las manos y sonrisas en sus caras. Me quedé conversando un buen rato con una de ellas, estaba muy contenta de estar en ese lugar, de que todo por fin estuviera tomando forma, contenta por mí. Nos dimos un sentido abrazo, y le dije que siguiera nomás, entre risas. Observé que todo estaba en orden, que el ambiente adentro y afuera estaba OK, y me alegré tanto que quise ir a tocar guitarra, sólo que adentro con la música y las risotadas no se escuchaba nada. Tomé a la Flaca y salí al patio con ella, busqué sombra junto a la pandereta y ahí apoyé mi espalda, acalorado y feliz. Me puse a tocar algo, no recuerdo qué cosa, mientras veía que el pasto crecía, verde y brillante frente a mis ojos. Mirando eso, vi su sombra acercarse a la mía. Seguí tocando y la miré, sin hablar, y quedé maravillado. Ella bailaba con la música que yo tocaba, que era algo así como un rock and roll. Daba vueltas y saltitos, se reía, acercaba su cara a la mía y volvía a alejarse girando sobre sus pies. Qué bonita se veía, y qué complicidad nos teníamos, las miradas coquetas y los gestos chistosos iban y venían. Luego nos pusimos a caminar hacia la casa, conversando, y yo iba mirando el pasto largo y mi propia sombra, larga y delgada y con la Flaca en la mano. Tuve el impulso de tomarla de la mano y estiré mi  izquierda, pero ella no estaba. Se había escabullido de mi lado y la vi entrando a la casa. Apuré el paso y me paré frente a la puerta. Escuché a la gente que conversaba y la música que seguía sonando. Di un largo y profundo suspiro, y abrí la puerta. Y ahí desperté.

10/9/17

En el puerto

 "Disfruta, pásalo bien, y desconéctate."
"Eso haré."


Despierto con dolor de cabeza en el bus. El sol me da directo a la cara. Llegamos a Valparaíso. Nunca había estado aquí. Tomo el bolso pesado que trae, entre otras cosas, mi terno y mis camisas. Ni siquiera tenía que estar aquí tan temprano, pero lo necesitaba. Salgo y me encuentro con el Congreso. Ése es el edificio que hay que quemar. Me río de ese pensamiento.

Recorro la Universidad de Playa Ancha, subiendo y bajando escaleras. Los puertos son de subir y bajar todo el tiempo, me gusta eso. Pero debo irme a la hostal, a dormir un rato antes de empezar a trabajar en la Jornada. Doy un par de vueltas en bus por la ciudad, con la gentil ayuda de Google Maps. Las micros acá son todas como las Coronel-Lota, ruidosas, rápidas, choras. Miro los edificios altos entre calles estrechas, el montón de gente, la música por todos lados, las calles coloridas y desordenadas. Creo que me gusta aquí.



Ya en la hostal, un edificio colonial pintado de todos colores, empiezo a contestar llamados y mensajes de Whatsapp. Estoy bien, no se preocupen. Mi hermano me recomienda no alumbrarme tanto por las redes sociales, porque quienes me conocen se dan cuenta fácilmente que no he estado bien las últimas semanas y eso es dar mucha información. Ojalá lo hubiese hecho, ojalá antes, y en el mundo real, no en el virtual. Sí, es fácil darse cuenta que he estado con rabia, que todo cambió, que estoy en un punto muerto en que no tengo idea de qué va a pasar. No quiero pensar más, tengo sueño, me acuesto un rato. Miro las paredes verde limón y el techo rojo del dormitorio; reflejos de sol entre las sombras de las ramas que se mecen al viento...

Un barco llega al puerto. Otro se va, de inmediato.
Una ola rompe contra el muelle.
Un lazo rojo se extiende al infinito.
Un volcán comienza a echar humo.
Lluvia cayendo sobre el techo del invernadero.
Voces que declaman juramentos, velas encendiéndose.
Cartas de tarot girando sobre mi cabeza.
 
Unos ojos me miran, grandes y verdes.
El lazo rojo se estira, se pone tenso.
Las pupilas se dilatan, la respiración se agita.
Luces de todos los colores y fractales se dibujan en la noche.
Un colchón lleno de personas, todas me abrazan.
Una cortina de lluvia azota los ventanales de la casa.
Los cristales se trizan.
El lazo rojo se corta.
El volcán explota.
Las cartas de tarot salen disparadas por los aires.
Los ojos se cierran, apretando los párpados.
Las olas rompiendo contra las rocas.
Un barco se acerca al puerto.
Un anillo de plata cae al agua, hundiéndose lentamente.


Metido en la ducha, dejo caer el agua sobre mi pelo recién cortado. Tengo un insight, y recién ahora vengo a entenderlo todo. Me había negado, pero ahora lo acepto como absolutamente necesario. Doloroso, pero necesario. A veces la realidad es difícil de aceptar, y me ha costado horrores este último año. Esto se trata de saber quién soy realmente, qué haré con mis emociones de aquí en adelante. Dejar de orientar mi corazón siempre hacia otras personas, y orientarlo hacia dentro, resolver el problema de la aceptación de mí mismo, con todas mis luces y todas mis sombras, de una vez por todas. Tengo que tenerme paciencia.

Parto nuevamente a la UPLA y me encuentro con Carmen, la maestra. Seré su fiel consejero y maestro de ceremonias durante los próximos dos días de Jornadas Chilenas del Modelo de Ocupación Humana. Estaré animando, dirigiendo grupos, hablando en un foro, presentando nuestro trabajo con mis amigos terapeutas. Gente de todo el país viene en camino a este evento humilde y grandioso a la vez. La emoción me inunda, no estoy nervioso, pero sí con ganas de ver cómo resultará todo. La maestra me apreta las manos. Ella confía plenamente en mí, y se lo agradezco con todo el corazón.

Patiperreando un rato por el centro, doy con una intersección de calles que forman un triángulo medio inclinado, por donde pasa toda la locomoción y toda la gente. Me meto a un café (obvio, no podía no hacerlo), la Fuente Bávara. Y mientras me tomo ese café irlandés y escribo en mi libreta, veo a la mujer que vende pañuelos y parches sentada en el suelo justo afuera de la ventana. Escucho un silbato. Por la calle vienen atravesando una hilera de unos 10 chicos y chicas vestidos de payasos. No esos payasos con globos, ropa hinchada ni voces chillonas. Sino esos payasos con ropas coloridas y sencillas, con cuerpos de acróbatas, que andan de verdad sacando sonrisas de los corazones de la gente en la ciudad. Se sientan en círculo alrededor de la mujer y le cantan una canción que no conozco, seguro una canción típica del puerto. Luego la abrazan entre todos. Me recuerdan a los personajes de las cartas del tarot de Marsella, y me emociono mirándoles. Luego se levantan de un salto y continúan su marcha hacia una estatua, donde se paran en postura de héroes y la gente les toma fotos y todos se ríen con sus payasadas.


Sigo caminando y conociendo el puerto. En la noche me entero que hay partido de Chile contra Paraguay, y pruebo suerte entrando a un bar. Está lleno de gente, de luces cálidas y tenues como velas, de flores y máquinas de escribir en la barra, espejos por todos lados, banderas de países y equipos de fútbol colgando del techo. Basta sentarme en la barra y pedir una cerveza artesanal y se acercan al tiro tres personas diferentes, dos hombres y una mujer, a ver el partido y conversar. Nadie se conoce, por eso vieneron a la barra. Ella es profe de literatura, él está estudiando en un conservatorio, el otro creo que es abogado. Algo conocen sobre la terapia ocupacional, pero igual tengo que explicarles, y nos divertimos con nuestras historias. Veo solamente el primer tiempo, me termino la tercera cerveza y me voy. Lo siento, tengo que estar temprano mañana en la U, ha sido todo un placer, ojalá nos veamos de nuevo cuando vuelva al puerto, oye vayan a Concepción cuando quieran.


Por fin he dormido bien y voy más que puntual a la UPLA, de terno y camisa en un bus lleno de estudiantes. Poco a poco empieza a llegar la gente. Saludo a todo el mundo, y no me despego del lado de la maestra, que está media adolorida físicamente, pero feliz y ansiosa. Mis amigos llegarán en un rato, esos sureños australes son incapaces de llegar puntuales a ninguna parte. Estamos en la hora Carmen, empecemos nomás.

Al iniciar, un piano instalado en el escenario del auditorio recibe a un chico porteño, ciego y con hipoacusia, que comienza a tocarlo. Es un momento tremendo. Rachmaninov, y luego Chopin. El chico tiene el piano totalmente grabado en la cabeza, no busca las teclas, ellas llegan a sus dedos. Es realmente impactante. Cierro los ojos y me dejo llevar. Luego Carmen le preguntará cómo lo ha hecho hasta acá. Él dice que todo lo ha logrado con ayuda y consejos de sus profes, y que ahora le aconsejaron no tocar tanto de memoria y más escucharse a sí mismo. "Escucharme a mí mismo", repito en voz baja.

Saludo a mis amigos en el coffee break, Gonzalo y Oscar y Carlo, y luego llega Jano. Ellos ya armaron grupo con Tamara y algunas chicas de la USS. Hacemos buenas migas con Dani, con quien trabajo después en la actividad grupal. Se trata sobre investigación, pero las chicas aún no llegan a Seminario de Título... entonces hay que irse a un momento anterior. ¿Qué es investigar? ¿Qué se les viene a la mente? Si les dicen que tienen que empezar una investigación, ¿qué tendrían que hacer, sobre qué lo harían? Luciéndome con lo poco que sé sobre el asunto, termino haciendo clases en ese pequeño grupo de chicas, todas sentadas en el suelo. Más tarde almorzamos apurados en un local a la vuelta de la esquina, un grupo de como 10 personas donde los terapeutas, cómo no, hacemos el payaso todo el rato y las chicas se ríen y se ríen. Apenas alcanzo a picotear unas papas fritas y ya debo irme. Es raro andar de terno y camisa por todos lados, pero dicen que me veo bien.


Comienza el foro; comento sobre todo lo que conversamos con las chicas y también adelanto sobre el trabajo que presentaremos más tarde, sobre la importancia de demostrarle a la gente que lo que hacemos sí tiene una efectividad probada, que no son inventos nuestros sino una forma nueva de hacer salud, de crear bienestar. Y luego de unas presentaciones, viene el trabajo mío y de Oscar Quiroz, el creador de Rebrota, el hombre que soñó el trabajo que yo sólo le ayudé a estructurar. Se trata sobre el invernadero Oasis, sobre el método de la salud colectiva, sobre los efectos probados en la volición, habituación y habilidades de todo el grupo de personas con los que trabajamos. Se trata sobre psiquiatría comunitaria, sobre ecología, sobre derechos humanos, sobre terapia ocupacional pura y dura, libre y creativa, humilde y poderosamente efectiva. Nos aplauden a rabiar, nos llenan de preguntas y Carmen en persona tiene que detener el asunto para no retrasarnos más. Muchas personas se nos acercan, todos han intentado hacer esto mismo y es primera vez que saben de alguien a quien le resulta de verdad. La maestra me abraza con toda su fuerza, está feliz. Tamara piensa que nuestro trabajo se robó la jornada este día. No doy más de calor, de cansancio, y de felicidad.




En la cabaña, Gonzalo me agradece por las palabras. Le digo que no podía ser de otra forma, que la validación de los terapeutas allá en Psiquiatría se la debemos a él. Tomamos piscolas y escuchamos a Newen Afrobeat, mientras hablamos de las chicas y de la otra presentación que se nos viene en Temuco, para empezar. Veo gente agregándome a Facebook y dando corazones a mis fotos, y ya sé a dónde va esto. Pero esta noche debo descansar. Los muchachos salen, yo apago las luces y me voy a acostar. Esta vez creo que no sueño nada. Despierto varias horas después, con ellos llegando, ebrios y con ataque de risa. Me vuelvo a dormir.

Una hora y media después ya estoy en camino a la UPLA, voy por ese segundo día de Jornadas. Bendito Google Maps. Me pongo en modo presentador de nuevo, me siento realmente cómodo haciendo de maestro de ceremonias, y se me da bien. Es que me gustan los escenarios, es parte de mi ego, lo acepto. Me voy entendiendo con los colegas más antiguos. La jornada marcha como reloj.


Al almuerzo, Tamara y Dani me secuestran otra vez y nos vamos a la playa. Los muchachos nos esperan con empanadas de mariscos y camarón queso. Y ahí estoy yo, de terno y camisa, comiéndome una empaná camarón queso en la playa, sentado en el suelo mientras los otros siguen tonteando. Dani tiene una historia de procedencia parecida a la mía, somos de varias ciudades al mismo tiempo, entonces es como ser de ninguna parte. Sólo ser, igual que ahora. Mientras caminamos de vuelta al paradero le comento sobre mi aspecto y nos reímos. Dani dice que así es la vida, que hay que ir atreviéndose a hacer cosas raras, cosas nuevas, cosas que te hagan disfrutarla.

Las últimas presentaciones de la Jornada nos dejan a todos enamorados. El trabajo de rehabilitación con el chico de Perú, las niñas que se atrevieron a entrevistar a la gente de la calle en Concepción, las mujeres maravillosas de la biodanza (Carmen supo de inmediato cuál de las dos me había gustado más), la historia de desarrollo personal de la chica del clowning, y la tremenda jugada de la colega de la Araucanía con los paramédicos de las zonas rurales, saludando a toda la audiencia en mapudungún. La Corporación MOHO Chile rinde un tremendo homenaje a la maestra, que se deshace en lágrimas de alegría. Carmen es genial, es tremendamente inteligente, terriblemente astuta, con un corazón donde cabe todo el mundo. Es realmente un privilegio trabajar juntos en estas Jornadas. La próxima, ya lo sabemos porque ya lo conversamos con los muchachos, será en Concepción.


Unas horas después estamos subiendo un cerro, arriba, muy arriba. La inclinación lo hace difícil para mis zapatos formales. Jano nos lleva a casa de Taz, que está haciendo una parrillada con un grupo de gente, toda hippie como él. Taz es otro magallánico que está viviendo en esa casa, viviendo de la tierra, de un trabajo tremendo que se dio para recuperar un trozo del cerro y convertirlo en un jardín agroecológico autosustentable. Escuchando Echoes de Pink Floyd, miramos el anochecer sobre el puerto desde una vista absolutamente privilegiada. Sólo las estrellas y las luces allá lejos, sólo el mar y su extensión infinita, sólo el viento que me remece el pelo, la ropa formal, la piel y el corazón. Es un escenario maravilloso, inolvidable, que no cabe en fotos ni en palabras. Sólo contemplar, mientras las plantas crecen silenciosas en ese pedacito de paraíso, y siento el humo que echan los muchachos mientras se ríen. Taz nos regala semillas de cilantro y toda su buena energía, de pura paz y aguante sureño.



Recorrer el puerto en la noche es otra cosa. Lleno de luces, de colores y de gente, pareciera que la ciudad efectivamente nunca duerme, menos hoy que es sábado. Ahí andamos, dando vueltas y buscando qué auto tomar para ir y para volver. Me habían invitado a Viña, pero creo que será para otra ocasión. Ahora entramos a una casa en un cerro, llena de chicos un poco más jóvenes que nosotros; Dani nos invitó y yo moví al grupo para que fuéramos. Haciendo la fogata en el patio y animando la fiesta adentro, los terapeutas seguimos luciéndonos con el buen ánimo que tratamos de instalar donde sea que vayamos, sobre todo el bueno de Gonzalo. Cervezas y conversaciones con todo el mundo, risas y bailes al sonido de puro rock ochentero, un soundtrack que nos sorprende y muy gratamente.


Abajo en el puerto, entramos en el Proa, lleno de gente, y nos metemos por ahí a beber y bailar con unas amigas de Jano, también terapeutas. Yo me quedo contemplando unos minutos. La música de las discos me aisla de cualquier conversación, y entre las luces de neón y la oscuridad, a menudo uso todo eso para volverme hacia dentro y contemplar, masticando mis propios pensamientos. Empiezo a sentirme mal por no haberme ido a Viña, empiezo a recordar todo lo que pensé cuando llegué a esta ciudad el jueves. Y en eso, una chispa de fuego se enciende detrás de mí y se acerca a toda velocidad. Siento una mano pequeña tomando la mía, y me sacan a bailar de un tirón. Una morena, bajita, muy guapa, cuyo nombre nunca supe, simplemente no me da tiempo para inventar excusas. En un par de segundos debo sacarme la chaqueta negra y sacarme la nostalgia. Es hora de disfrutar la noche. Yo no sabía que ella estaba también en las Jornadas, y ella no sabía que yo era el presentador. Nos da ataque de risa, no puede ser que el mundo sea tan pequeño. Pero lo es.

Salimos de ahí como a las 5 a.m. y todos siguen muy arriba de la pelota, pero yo estoy totalmente agotado, no soy capaz ni de hablar. En ese triángulo irregular donde estuve en ese café, hay una buena masa de gente carreteando, vendiendo sopaipillas, haciendo malabarismo, tocando guitarras y trompetas. Es como un circo ambulante de la noche, con gente de todas partes gozándola y burlándose de la tristeza y la soledad. Sigo contemplando, en estado de zombi. Me compro unas papas fritas. Luego vamos a dejar a las chicas al paradero, y yo después camino directo al bus. Los muchachos se suben después de mí. Es cierto, hay que irnos ya.


En la mañana (cuál mañana, si nos despertamos como a la 1) ordenamos rápidamente todas las cosas y desocupamos la cabaña. Nadie trajo a ninguna chica a esta casa, como esperábamos hacerlo, pero no importa, será hasta la próxima. Oscar y Gonzalo se van, deben estar en Concepción en la noche. Nos vamos con Carlo y Jano a almorzar al Mercado Cardonal. Hacemos los últimos recuentos de las Jornadas, de todo lo ocurrido los últimos dos días, y ha sido realmente un viaje tremendo. Estamos felices, y con un poco de caña. Jano se va, luego dejo a Carlo en el terminal. Me compro pañuelos (nunca ando con pañuelos, los compro no sé por qué), una botella de agua, me pongo los audífonos y camino, hacia el centro, a ver qué sale.

Llego al cerro que es el Parque Cultural, antigua cárcel, hoy un parque hermoso, donde muchos niños juegan y gente encumbra volantines, parejas que pasean y se besan, gente haciendo yoga, haciendo música, y gente sentada en el mirador con cámaras de fotos, meditando, viendo la ciudad y el mar. Me siento ahí, en posición de loto simple, bajo el sol, y escucho el viento con su elocuente silencio.



Con esa escena de fondo, cierro los ojos y dejo pasar todos los pensamientos. Todos, a la vez. Los contemplo, vienen y se van. Eso es lo que debo hacer en este momento de mi vida, contemplarme a mí mismo. Vuelvo a lo que pensé el pasado jueves, lo entiendo todo, y empiezo a aceptar todas las cosas. Porque podría enredarme en argumentos infinitos y darme la razón mil veces, pero aceptar la realidad es otra cosa. Me ha costado tanto hacerlo. He estado lleno de temores, lleno de apegos, de ideas no muy realistas que he querido mantener a toda costa, porque no he sido capaz de asumir mis verdaderos sentimientos, mis ideas y mis deseos. No quiero postergarme más, porque cuando lo hago, eventualmente todo el mundo sale lastimado, no sólo yo. Es todo lo que ha ocurrido este último tiempo. Y me da mucha pena. Me había prometido a mí mismo no estar triste, pero después de meses resistiéndome, me doy cuenta de que es otra cosa que debo aceptar sobre mí. Dejo pasar todo el lamento. Lamento no haber sido honesto mucho antes, lamento haberme enredado tanto en mis fantasías, lamento ser tan poco asertivo a veces. Lamento no saber qué pasará cuando ella vuelva, lamento no estar seguro de lo que siento, lamento no tener el control. Otra vez, otra idea que tengo que soltar. Saco de la mochila esos pañuelos que había comprado sin saber por qué. Y silenciosamente, dejo salir el llanto. Me había negado a hacerlo durante meses y meses. Pido perdón, no sé a quién, supongo que a mí mismo, por no tenerme paciencia, por negarme tantas cosas, por no querer escucharme a mí mismo. Pido perdón al Universo, por haber perdido el rumbo en el entendimiento y la conexión con el Todo. Todavía me falta un largo camino por recorrer. Pero ahora estoy dispuesto a retomarlo. Respiro profundamente el viento que me sigue sacudiendo el pelo y el corazón, el viento que por fin se ha llevado mi angustia. Me siento absolutamente aliviado. El Universo me ha perdonado; yo, todavía no sé. Pero lo sabré pronto. Sólo necesito un poco de tiempo.


Luego voy subiendo por el ascensor y llego a Cerro Alegre. Es, creo, el lugar más hermoso que he visto en toda mi vida. Tiene todo lo que me gusta y mucho más. En cada café, en cada vuelta de esquina, me siento como paseando por un lugar sagrado. Toco los tambores metálicos en una tienda, conversamos sobre los chakras en otro lugar, huelo aromas de todos los tés y todos los inciensos por aquí y por allá. Le converso a la chica de los tés que me siento como en un templo, que se nota el trabajo energético que han hecho todos por aquí, y ella se pone tan contenta que me vende unas bolsas a mitad de precio. Escuchando el gipsy blues que tocan unos chicos en un callejón, me tomo un café y contesto mensajes de muchos colegas terapeutas que quieren seguir en contacto. Comienza a atardecer en el puerto. A esas alturas ya me siento medio en éxtasis de colores, de sabores, de buenas charlas, y de tranquilidad.



Mientras camino de vuelta al centro por esas calles llenas de colores al atardecer, pienso que es simplemente genial tener tantas razones para volver a esta ciudad. Y más que eso, siento que le saqué el jugo a este paseo maravilloso por el puerto, donde pasó, efectivamente, de todo un poco. Misión cumplida, Kalo Camilo. De vuelta al terminal, prometo que tarde o temprano volveré a andar en el puerto, este puerto que me arrancó las angustias, me regaló momentos hermosos, y se quedó con un pedacito de mi corazón.

28/1/17

Invocando la lluvia

El pasado jueves, 26 de enero, amaneció lleno de humo en Concepción.

Como nunca, me fui en la bicicleta en medio de la avenida Collao. Andaban muy pocas micros y casi ningún auto. Un aire como fantasmal. Los incendios en Florida, en Palomares, allá en Penco, tenían el día así. Toda la zona centro sur del país está ardiendo. El peor incendio de la historia, el más grande de Latinoamérica.

¿Quién haría algo así? ¿Por qué?

En Psiquiatría no andaba casi nadie, entre las vacaciones y la gente que no pudo ir por los cortes en las calles. El aire fantasmal era el mismo que allá afuera. Diego se dio cuenta que la gente andaba toda como enojada, irritable, y triste. La reunión clínica de la mañana, como que nadie la pescó. Y apenas pudimos hacer algún taller con los pacientes; también ellos andaban medio perdidos. Veían las noticias, y veían el humo allá afuera... no puedo ni imaginar qué pensarían, pero seguro que no era bueno. Nada bueno.

De vuelta en la oficina, Cristian apenas podía aguantarse la pena. Había visto recién la horrible noticia del pueblo de Santa Olga, en Constitución. Se quemó entero. Mil casas quemadas, seis mil personas en la calle, sin nada, en una noche. Se sentía como si nosotros mismos hubiésemos perdido todo en el fuego. Una tragedia total, y totalmente sin sentido. ¿Quién haría algo así? ¿Por qué? ¿Por qué alguien prendería más fuego en medio de los incendios, por qué dispararle a los bomberos y a los voluntarios? Para mí ninguna razón tenía sentido, a menos que alguien les estuviera pagando por todo esto; sólo la plata llevaría a esas personas a hacer algo así, ninguna otra razón. O quizás una locura compartida, o quizás alguna especie de fundamento religioso. Sólo esos desquicios cabrían como argumento. ¿Que renuncie la Presidenta? ¿Y qué pasaría con eso? ¡Nada! De todas estas cosas hablábamos, mientras el humo seguía allá afuera y el calor hacía el aire cada vez más insoportable.

Nos motivamos espontáneamente y creamos una colecta interna. Le escribí a todas las Unidades y sectores de Psiquiatría, escribimos algunos letreros, y habilitamos una caja como alcancía. Algo había que hacer. De todas maneras yo no iba a estar al día siguiente, así que le encargué la colecta a Cristian. Esperaba que así se sintiera mejor. Después nos pusimos a tocar guitarra, para tener un poco de buenas vibras. "Y si no fuera", de los Chico Trujillo en nuestra versión bolereada. Cristian cantaba "cómo quisiera... que lloviera..."

Más tarde fui al centro, aunque hacía demasiado calor. Traté de comprarme un café helado en el Rendibú, y en eso se cortó la luz en todo el Centro y cerraron todas las tiendas. Me senté bajo un árbol en la Plaza y la Naty me llamó, pero era tanto el calor que en verdad ni siquiera pude concentrarme en lo que me decía, y de pronto la llamada se cortó. Luego me fui a la U de Conce, por lo que publicaron los de Utopía en Facebook, pero no estaban ahí, y nadie de los que estaban en ese punto de acopio me conocían, así que no supe cómo colarme en el asunto y al final no me pescaron. Llegó Pepito y nos quedamos conversando un rato en la Plaza Perú, capeando el calor insoportable, y mirando algunos anuncios que iban y venían por Whatsapp, todos falsos.

Un viento helado, muy helado, se levantó de la nada. El agua de la pileta salpicó a todos lados, y por unos segundos se sintió bien. Pero el humo volvió a avanzar y se llenó todo de cenizas. Pasaron motos de Carabineros y carros de Bomberos a toda marcha, con sus sirenas tan ruidosas que se encendían las alarmas de los autos. Se puso todo muy oscuro, y el humo era cada vez más denso. Tomé la bicicleta y me fui a casa lo más rápido que pude, torpemente entre la gente que caminaba rápido. Tenía miedo. Había "estado de excepción" en la ciudad.

Me duché, para sacarme el sudor y las cenizas del pelo. Mi ropa estaba hedionda a humo, así que no quise abrir las ventanas. Puse inciensos y velas y el ventilador en frío. Miré otra vez el Facebook, y entre más noticias falsas, varias personas convocaban a una "meditación por la lluvia". La idea era invocarla, sentirla como si estuviera lloviendo en ese momento, sentir el agua caer, la tierra húmeda. Salí a regar mis plantitas al balcón, y unos vecinos del edificio ensayaban una canción cristiana...

Ya en la noche, quise sumarme a la invocación a la lluvia. Afuera sólo había humo, y ese color rojo en el cielo, de un fuego lejano. Me quedé solamente con las velas encendidas, y puse un audio del Youtube con sonidos de lluvia y truenos.

Y me sentí muy aliviado.

Jenni me dijo que un grupo de amigos suyos, del yoga, habían estado meditando desde temprano, y ella misma había estado pensando en lluvia todo el día. Así que no fue tan inesperado para ellos lo que había pasado en la tarde, esa brisa helada, que vino del mar e hizo bajar la temperatura. Le conté de mis vecinos cantando y de cómo yo mismo me puse a cantar, y le pareció hermoso. "En estos momentos volvemos a unirnos. Esencialmente somos Uno, y lo recordamos en los momentos de crisis".

Tomé el teléfono y grabé un audio para Cristian; le dije que había estado invocando la lluvia, y que escuchara atentamente, y acerqué el teléfono a los parlantes del computador. Al otro lado, él escuchó el sonido de la lluvia. Y fue inmensamente feliz.

En la madrugada, cayó una llovizna muy suave sobre Concepción. Y aunque no apagó los fuegos, bastó para aliviar un poco los ánimos de todas las personas.

22/1/17

Una primera vez, parte III

El viaje comienza debajo de la lengua. El placer y el dolor, que en ese mismo espacio nacen y mueren en forma de palabras y silencios, se disuelven en un trago que al comienzo sabe amargo. Sólo al comienzo. No tengo idea de qué va a pasar, pero no tengo miedo, sólo mucha curiosidad. No todos quieren hacerlo; no todos saben lo bueno que podría ser. Pero no juzgamos; aquí estamos quienes queremos ver las cosas de otra forma, y tarde o temprano, y de alguna u otra forma, todos y todas lo haremos.

"¿Cómo va el viaje?", me pregunta ella. "Acaba de comenzar", le respondo.

"¡Es momento del colchón en el balcón!", grita el Gato. Soltamos las copas de vino y salimos corriendo a tendernos en masa sobre un colchón donde no cabían diez personas. Abrazados, con las cabezas apoyadas en pechos, hombros o piernas, miramos arriba. La Fabi apaga la luz, y aparece todo el esplendor de las estrellas, en el cielo totalmente despejado, en una cálida noche de verano en la playa. Impresionante. El ruido del mar y Tame Impala hacen lo suyo, y la música coincide con las imágenes que empiezan a aparecer. Estrellas hechas de otras estrellas, figuras perfectas, triángulos. Marte, Venus. Seres mágicos que tienen pedazos de todos nosotros (¿estará inventando la Javiera, o de verdad los ve?) Satélites que se cruzan unos con otros para observarnos. Los saludamos, y empezamos a tener sendos ataques de risa. Por cualquier cosa: porque las estrellas se dan vuelta pero quedan ahí mismo, por la campaña del Vela, por cómo el Lucho agarra a todo el mundo pal webeo. El Enzo quiere cambiar la música, él no está en la misma que nosotros y se aburre. Pone reggaeton. Nos da otro ataque de risa, y tiene que volver a cambiarla.

"¡Salió barato este carrete! ¡Se tripean cuatro y webean diez!"

No se puede estar así sin bajar a caminar a la playa. Son las dos de la mañana, y no hay nadie. Sólo los perros que nos siguen y parece que igual están medio locos. La Javi no puede dejar de sentir que se ha fusionado con la arena, que ahora son un sólo ser, y se tiende de bruces. Pronto los cuatro caminamos hacia el agua, que está tibia, en serio, tibia. Caminamos, la Javi, el Lucho, atrás yo, más atrás el Edgardo. Y empezamos a pensar en cómo las diferentes líneas temporales nos han traído hasta aquí, que no teníamos forma alguna de encontrarnos en nuestras vidas mundanas pero lo hicimos igual. ¿Cómo es posible que seamos los únicos seres pensantes en esta playa, y en este Universo? ¿Qué hemos hecho con nosotros mismos hasta acá? No nos cabe en la cabeza que la Tierra tenga miles de millones de años de existencia, y nosotros nos creemos la gran cosa y no llegaremos ni a los ochenta. ¡Ochenta... contra cuatro mil seiscientos millones! Y esta cosa, la Tierra, seguirá viviendo, y habremos pasado como una simple colonia de insectos que de pronto ella se sacudirá, y adiós, no seremos más que el petróleo del futuro. Y sin embargo, lo que uno hace, marca una diferencia. Y es más importante darle un sentido a la vida, porque es muy breve, pero nunca, jamás, debe faltarle significado, porque ahí sí que la existencia se pudre. Estamos obligados a darnos nuestro propio rumbo, y sólo podremos hacerlo estando juntos, apasionándonos por lo que hacemos, queriéndonos como lo hacemos, más allá de cualquier religión o partido político o profesión. Y es por eso que nos encontramos en primer lugar.

"La mente hace preguntas, el corazón da las respuestas. La vida no tiene ningún sentido. ¡Vive! ¡Vive!"

Una atmósfera verde rodea la casa cuando volvemos, y la cosa vuelve a prenderse. No tengo ni una pizca de sueño, nada. La Jenni es la primera en caer, está algo mareada, ha estado así desde antes de venir a la playa. Mientras se cambia la ropa y se acuesta, salimos a mirar la luna, que acaba de aparecer recién a esta hora. No puedo controlar la impresión. ¡Está de colores! La Javi hace el saludo al sol, de noche. El Vela no puede parar de reírse. Y el Enzo y el Fah no entienden nada. El Gato dice que nos acompañará en el viaje para la próxima, porque ahora quería presentarnos la casa en buen estado. Uno a uno, terminan de fumar lo último que queda y se van a dormir. Pero yo no tengo ni una pizca de sueño, nada. El Edgardo es el más feliz, porque tendrá el colchón para volver a tenderse más cómodamente que antes. Y de pronto estamos otra vez mirando las estrellas. Cada uno en sus propios pensamientos; yo, igual que siempre, en los míos. Me doy cuenta de algo maravilloso. Y es que me siento tremendamente feliz. Y veo aquellos pensamientos que durante las últimas semanas me han hecho temer y temblar, pero los veo lejos de mí. Muy lejos. Como si pertenecieran a otra persona, a otro Kalo, a alguien que esta noche no está aquí. El que está aquí, tendido junto a la Javi y el Edgardo y el Lucho, es pura felicidad. Las estrellas se disuelven lentamente mientras el cielo se aclara. La luna recupera su nitidez, mis pupilas vuelven a su estado normal. Es hora de dormir, por fin.



EPÍLOGO

En la mañana, bajamos a la playa y tomamos todo el sol, y yo me aventuré a nadar un rato entre las algas, aunque el agua estaba tan helada que los demás no se bañaron, sólo se quedaron mirando los cangrejos y los pececitos. Después almorzamos todos juntos unos fideos con salsa blanca, y nos tendimos en el colchón otra vez, bajo el sol.

Ahora, está atardeciendo. Ya se ha ido la mitad de los que llegaron ayer. Después de una larga siesta, salimos a caminar con el Gato y la Fabi por la playa, alrededor de la "tortuga-león". Subo por las rocas y me quedo ahí arriba, mirando el mar y el cielo crepuscular, en ese momento exacto entre el día y la noche. Siento el viento y su elocuente silencio.

Allá abajo, la Fabi lanza unas piedras al agua. El Gato la mira y ve que está con una tremenda y bella sonrisa. Le pregunta qué le pasa. Ella dice que simplemente está feliz, y los dos se ríen.

Miro las olas moviéndose entre las rocas. Y aquello que hace un tiempo me estremecía, el mar, hoy lo siento como una invitación a la paz. Y comprendo que quien necesita estar en calma, en paz, no es el mar. Soy yo.

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13/11/16

Los felices son los demás


- Quiero hablar con usted, porque me dijeron que yo podía buscar a alguien para hablar cuando yo quisiera.
- Sí, claro que sí. ¿Qué pasa?
- Es que... tengo... ¡Tengo tanta pena! ¡Pero no quiero ponerme a llorar porque...! ¡Es que yo no quería salir del taller, porque estábamos haciendo algo lindo! ¡Pero tengo mucha pena!
- No te preocupes, llora nomás. No tiene nada de malo que llores, todos lo necesitamos de vez en cuando.
- Pero, ¿y el taller?
- Nadie te va a decir nada por el taller. Si te sientes triste y necesitas estar sola, está bien que te retires un rato. Es mejor eso, que estar aguantándote la pena por cumplir con un taller. No te preocupes.
- Ya. Gracias. ¡Perdón!
- Tranquila, echa para afuera nomás. Pero, ¿puedes contarme... qué pasó?
- Es que... estoy cansada. Porque yo siempre estoy contenta, y tengo amigas, y me gusta salir con ellas y conversar, ¡hasta cuando estoy en clases! Y quiero hacer más cosas, y en mi casa también, me gusta leer, dibujar, inventar cosas en mi casa. Converso harto con mis papás. Y me ha ido bien en clases.
- Súper bien.
- Siempre estoy haciendo cosas, me gusta ser activa. Pero cuando estoy más relajada... así, como estábamos en el taller... cuando estoy relajada y no estoy con mis amigas, conversando... me pongo a pensar... y eso me hace mal, pensar.
- ¿En qué piensas?
- Empiezo a acordarme de las cosas que me pasaron, cuando era más chica. Y me acuerdo que en ese tiempo, yo me sentía tan sola... y siento que toda mi alegría es por fuera nomás, es como superficial. Porque siempre me siento triste, y a veces tengo ganas de llorar, y no puedo, porque tengo que estar contenta, porque si no, mis amigas empiezan a preguntarme, y no quiero contarles, y acá también se ponen a preguntarme...
- Es que, cuando uno ve a a una persona triste, y esa persona te importa, claro que van a preguntar pues. Por eso te preguntan, porque le importas a la gente, a tus amigas, a los chicos acá, y también a nosotros.
- ¿Y si no quiero hablar? A veces quiero estar sola un ratito, y después puedo hablar.
- Eso tienes que decirlo. Así mismo como me lo estás diciendo a mí, díselo a tus amigas. "No quiero hablar, quiero estar sola, después conversamos". ¡Diles nomás!
- Sí, mis amigas cuando están en sus días, siempre dicen eso. "Estoy idiota".
- ¿Ves? Tú igual puedes hacerlo, y es mejor que lo hagas, porque así todos aprendemos a conocerte.
- Pero eso no está bien.
- ¿Por qué no?
- Porque... No sé. ¿Caigo mal? Es que uno tiene que hablar siempre, eso es lo que está bien.
- No es así. Mira, en el mundo hay personas extrovertidas y personas introvertidas. Las personas extrovertidas necesitan conversar para estar con energía, para estar contentas; y las personas introvertidas, al revés, pueden conversar y estar alegres harto tiempo, pero se cansan, y necesitan estar solas para recargar las pilas. Ser introvertido no tiene nada de malo. La mitad de la gente de todo el mundo es introvertida.
- Usted es extrovertido.
- ¿Tú crees? Yo me pongo conversador cuando estoy con ustedes. Pero yo también soy introvertido, y más que tú.
- ¿¿En serio??
- Igual que tú, yo también me canso. Y cuando me canso, tengo que estar solo, o conversar con una persona, pero una nomás. Por eso te entiendo. Yo sé que es agotador tener que estar contento todo el tiempo, y a veces da lata que los demás se pongan a preguntar cosas cuando uno no quiere hablar...
- Sí, es agotador.
- Por eso uno tiene que decir cuándo quiere hablar y cuándo no. Pero lo más importante, es que no te sientas culpable si a veces no quieres hablar. No te sientas culpable por tener pena, o rabia, o miedo. Tú tienes derecho a sentir todas las emociones que quieras. Lo importante es saber cómo te sientes, y por qué te sientes así.
- Yo sí sé. Yo entiendo mis emociones.
- Y yo sé que es así, porque me has podido explicar súper bien lo que te pasa. Y eso es algo muy bueno que tú tienes, es una gran habilidad. Muchas personas sienten cosas y no saben por qué, o no se atreven a reconocer sus emociones. ¡Sobre todo los hombres!
- ¡Sí, eso es verdad!
- Ves que nos entendemos. Bueno, ¿cómo estás ahora?
- Más o menos. ¡No es por usted! Me hace bien hablar con usted. Pero... es que no sé cómo dejar de sentime así. Ya estoy cansada. No sé cómo dejar de sentirme triste cada vez que me relajo.
- Bueno, eso tiene que hacerse con un tratamiento, y es por eso que estás aquí. La psicoterapia te ayudará con eso. Tienes que hablar con la psicóloga.
- Es que... ¿le cuento un secreto?
- Ya.
- Estoy aburrida de los psicólogos. Ellos siempre complican las cosas.

7/11/16

El gran acuerdo de almas


Si es verdad lo que dicen, todos estamos aquí bajo un gran acuerdo de almas.

Hace unos días una colega terapeuta en Psiquiatría nos leyó un artículo que encontró en un blog, que le pareció interesante, y que hablaba sobre esto.

Decía que el acuerdo de almas es una especie de contrato de encuentro, una cita programada hace mucho tiempo, en verdad, "antes de nuestra encarnación", cuando el reino de las almas era uno sólo. En ese tiempo sin tiempo, las almas que se preparaban para el viaje acordaban volver a encontrarse, en el tiempo humano y en cuerpos humanos. Y eso es un acuerdo de almas: la explicación mística, no racional, de por qué nos encontramos con ésa persona, justo ésa y no otra, de por qué tenemos algunos encuentros tan difíciles de explicar por su intensidad, por el agrado o el desagrado inmediato que generan, o por qué permanecen aún cuando las personas no los mantienen activamente por periodos largos de tiempo. Hay quienes nos encontramos con alguna persona que de inmediato, sin tiempo, se nos hace amiga, o algo más. A veces tenemos amigos, o hermanos, o padres, que no vemos hace décadas y al volver a aparecer, volvemos a ponernos al día, y es como haberse visto ayer. Todos la tenemos más fácil perdonando a algunas personas y detestando a otras, o dejamos atrás a algunos y seguimos acarreando a otros. ¿Por qué? ¿Qué hace la diferencia, finalmente? En el viaje de la vida, las almas llevan algo así como una hoja de ruta, un mapa al que la mente no puede acceder, donde están señalados todos los puntos de encuentro, y que uno los vive como "casualidades", o "buena/mala suerte", o incluso como "nada especial", cuando en realidad son intersecciones de todos los caminos en una red inmensa, impensablemente grande y perfecta, que vamos descubriendo poco a poco, a medida que vamos viviendo la vida, simplemente.

Me pareció interesante por varias razones.

Si el Universo opera así, si las almas de todos nosotros hacen un viaje tan detalladamente trazado, eso quiere decir que no hay "errores", a la hora de encontrarnos con quien sea. Si todo es parte de una misma ruta, no hay "fracasos" en las relaciones con los demás. Cuando una relación se termina, es porque al igual que al empezar, le llegó su momento. El error, el fracaso, uno lo percibe cuando ocurre algo que uno no desea, pero el sabor amargo que traen no tiene tanto que ver con el acuerdo, tiene que ver más con el deseo. Porque el acuerdo ya está hecho, estaba hecho de antes; es uno quien tiene que decidir si lo acepta con resignación, con dolor, con alegría, con rabia, con placer. No hay errores ni fracasos en verdad. No hay nada de qué arrepentirse, y nada que perdonar.

Pero entonces, ¿ya está todo hecho? Incluso las relaciones tóxicas, los encuentros dañinos, los acuerdos que vienen a provocarnos dolor y sufrimiento en sí mismos, ya sea que los "merezcamos" o no, ¿ésos también? ¿Y qué pasa con la libertad? ¿Acaso ver la vida así, como un acuerdo hecho antes de tiempo, no es simplemente otra forma de "destino" ineludible, inmodificable? ¿Entonces el misticismo es igual de corrupto que una empresa o un partido político, donde las cosas se arreglan de antemano entre unas pocas almas, y eso es todo?

Por esa inquietud fue que me puse a leer por otros lados sobre el asunto. Así descubrí que en otro blog hablan sobre cómo resolver la duda, con algo que yo ya creía de mucho antes. Y es que la libertad es parte de la condición humana, parte de nuestra constitución como seres conscientes. Somos libres incluso para decidir cuánto nos dejamos obligar o condicionar por las circunstancias. Simplemente, no podemos no ser libres. Así como no hay errores ni fracasos en el acuerdo de almas, tampoco hay excusas ni obligaciones en nuestra manera de ser, en las decisiones que tomamos día a día. El acuerdo de almas es una pauta, una hoja de ruta, no una ley grabada en piedra. El acuerdo de almas trae "cláusulas de salida". ¿Cómo tomarlas? Eso depende del nivel de auto-conciencia al que podamos acceder. Por eso es tan importante la reflexión y la meditación. Porque así podremos tomar parte activa de este acuerdo, no sólo seguirlo y cumplirlo; podremos saber de antemano que todos nuestros encuentros tienen una razón, y podremos eventualmente ver esa razón, y dejarnos maravillar por ella. Y podremos seguir avanzando en la ruta que el acuerdo nos tiene trazada, pero a nuestro propio ritmo.

Todos estamos aquí bajo el gran acuerdo de almas.

"Era él, era yo"

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Hermano del medio, terapeuta ocupacional, aprendiz de brujo, escritor amateur. A veces hago música, a veces planto cosas, a veces pienso demasiado en todo.