17/3/18

El Loco


Estábamos en la Diagonal con la Sara, aprovechando el verano para hacernos unas monedas. Ella estaba vendiendo ropa y yo estaba ofreciendo lecturas de tarot. Al lado nuestro, en esas cosas rojas redondas, estaba instalado un hombre de la calle, que estaba vendiendo parches, pero más que nada estaba ahí, sólo estaba ahí, tomando cerveza. A cada rato nos hablaba, pero estaba bastante borracho y nada de lo que decía tenía sentido. La Sara se mataba de la risa y lo encontraba genial, todo un personaje callejero. Yo estaba enfermo, tanto que le pedí que lo ignorara. No podía dejar de pensar en el hombre como cualquier otro paciente psiquiátrico o persona de la calle, como las que he atendido en mis trabajos. En vez de ver genialidad, yo sólo veía un desastre psicológico, emocional, familiar, moral. Y pensaba que usualmente esas personas sacan provecho de aquello para que alguien más se haga cargo de ellos, siempre alguien más, así que no les encuentro nada agradable. Lo entiendo cuando estoy haciendo de terapeuta, pero fuera del trabajo, no lo soporto. Además, nos estaba espantando a los clientes. No iba a echarlo, pero deseaba con todo mi corazón que se fuera de ahí. Sara me dijo que lo tomara con calma, que no me pusiera tan mañoso. Yo había estado de cumpleaños recién el día anterior. Me preguntó si había recibido saludos. Y yo empecé a contarle algo que me había pasado ese día.

Recibí un saludo especialmente intrigante. La persona que lo escribió me dijo: "Ojalá que este nuevo año te traiga mucha luz, y que encuentres lo que estás buscando". No es la primera vez que una mujer me dice algo así. Me quedé pensando todo el día en eso. Es que pasé tanto tiempo centrado en aceptar el pasado y afrontar el presente, que no había pensado para nada en el futuro. Tenía una certeza, una sobre la cual me había elaborado todos mis planes de vida, mi caballito de batalla frente a la incertidumbre de la realidad; y una vez terminada esa certeza, quedé totalmente a la deriva. Pongo tanta energía en las cosas que me gusta hacer ahora, que no tengo ningún otro plan. Tanto tiempo enfrentando mi propia tormenta de arena, que una vez fuera, no tengo idea de qué vendrá después. Una pregunta emergió en mi cabeza, una que durante todo ese día y hasta ese momento, no podía responder con claridad: ¿Qué se supone que estoy buscando? ¿Qué se supone que tengo que buscar?

"La felicidad", dijo el hombre de la calle, que estaba escuchando todo mi monólogo. "Eso es lo que todos estamos buscando. Eso es lo que hay que encontrar, es lo único que importa, nada más."

Y dicho eso, se levantó, tomó sus cosas y se fue.

"Ahí tienes", me dijo Sara, mientras lo veíamos marcharse.

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"Cosas muy extrañas pueden pasar cuando uno se enfrenta a un arquetipo. Las reacciones hacia el Loco pueden ser tan diversas y variadas como las personalidades y experiencias de la vida de quienes lo enfrenten. El contacto con un arquetipo evoca siempre una reacción emotiva de algún tipo. Explorando estas reacciones inconscientes, podremos descubrir al arquetipo que nos está manipulando y liberarnos de su coacción. Así, la próxima vez que nos topemos a esta figura arquetípica en la vida exterior, la respuesta no será necesariamente irracional y automática. Haciendo las paces con el Loco de la vida interior, no estará tan a la defensiva cuando éste se presente en la vida exterior. Pero lo más importante, es que habrá experimentado el poder de un arquetipo".

(Sallie Nichols, "Jung y el Tarot", 1980)

31/12/17

True Self

En la penumbra de una sencilla casa en el sector Collao, Concepción, una bruja llamada Linker revuelve su baraja de cartas de tarot. La pregunta ya está hecha, y su intuición, posiblemente la más poderosa que he conocido en mi vida, le ha hecho adivinar ya casi toda mi historia. Nervioso, la veo desplegar la tirada, y mis propios conocimientos sobre el asunto, adquiridos por la lectura diligente y la práctica rigurosa, también me permiten adivinar las respuestas.

Cuando la Superluna iluminó en mi noche más oscura, la pregunta planteada por mi propia consciencia fue: "¿Ahora qué, Kalo Camilo? Porque tu vida continúa. ¿Cómo?". Desde entonces la pregunta permanece, y mis intentos por responderla también. Recién había llegado a la Casa en la Colina, y aunque me sentía absolutamente perdido y sin rumbo, me prometí a mí mismo responder esa pregunta con dignidad. No más melancolía por no tener a quién aferrarme, no más rabia por negar mis deseos o silenciar mis emociones. El desafío sería enorme; no tenía idea de cómo empezar. No puedes saber qué hacer si no sabes qué quieres, y no puedes saber lo que quieres, si no sabes quién eres. Tendría que responder todo eso a la vez.

Todavía me sentía miserable, feo y sin nada interesante que contar, cuando una noche, ebrio, en una casa desconocida aunque rodeado de mi gente, me hice un Tinder. Ya saben, esa aplicación donde uno mira un catálogo de personas que te parecen interesantes para eventualmente follar. Pero a los días después tuve un momento filosófico, un insight de esos que me dan cuando voy a algún café, y eliminé el asunto. ¿Me venció otra vez la moralidad? ¿Me dejé arrastrar otra vez por el miedo y la culpa? Eso es lo que parecía cuando empecé a hablar sobre este momento dramático, pero no fue tan así en realidad. No fue una imposición, fue algo que elegí hacer. Lo elegí no tanto por moralismos (en los que ya me resulta algo difícil seguir creyendo), sino porque me invadió la noción de que "éste no soy yo". No sentí que no debía hacerlo. Supe que no quería, lo que es muy diferente.

Mis amigos y amigas han afirmado que no tengo actitud de "cazador" por la vida, sino más bien de ser la "presa". Entonces, pensaba yo, cuando hay algo que quiero hacer con muchas ganas, tengo que esperar a que "se dé" nomás. No sé lanzarme, no soy así de "proactivo" (jote), y como yo creía que eso era un problema, entonces esperaba tener que aprender una técnica, leer de un manual, o que alguien me enseñara a lanzarme sin esperar. Pero luego, me enfrenté al problema de la autenticidad. ¿Por qué "tengo" que hacerlo? ¿Por qué mostrar una cara falsa sobre mí, una foto trucada, una frase ensayada? No soporté la idea. ¿Acaso éso no es lo que nos tiene jodidos como sociedad, la falsedad, el engaño, la inautenticidad? ¿Por qué tener que hablar en indirectas y jugar a que "un no es un sí"? ¡No estoy ni ahí con eso! ¿Por qué no poder ser honesto, por qué no poder, simplemente, ser yo?

Ahí estaba la cosa. El problema no era que no pudiese, es que no sabía cómo, no me atrevía a hacer eso, a ser yo mismo sin temor. ¿Por qué? Porque después de todo lo que me pasó este año, yo me odiaba a mí mismo. Me odiaba más que nunca (por eso mis tallas sobre odiar a todo el mundo). Mi afán moralista no proviene de creer que soy perfecto, sino de saber que no lo soy y sentir dolor por ello. Justo cuando creía que había alcanzado una suerte de "perfección" en mis planes de vida, la herida al ego, la destrucción de mi orgullo, fue horrible, aunque yo mismo la haya provocado. Todavía duele cuando pienso en ello. La tristeza no se ha ido, y quizás nunca lo haga. Pero si va a volverse parte de mí, entonces debo aceptarla sin padecerla. Aprender de ella, aprender de la soledad, saber estar solo en casa y en el corazón, ya no como un sufrimiento, sino como una oportunidad, para volver a conocerme y permitirme todas estas reflexiones sin sufrir. Si yo mismo me jodí, yo mismo tengo que arreglarme. Nadie más lo podría hacer por mí.

Así, para poder ser yo mismo, tengo que aceptarme, y viceversa también, para aceptarme tengo que volver a ser yo, volver a mi esencia, reconocerme, aceptar mis deseos, hablar de mis pensamientos y emociones, cueste lo que cueste. Esa es la tremenda vuelta que tuve que darle al asunto, para empezar a creer de verdad en esa noción tan esquiva, tan popular y mal entendida sobre el "sé tú mismo". Encontrarse con el verdadero ser, y luego, poder revelarlo sin miedo. No se trata de que no me importe nada, se trata de ser honesto conmigo mismo, nada más, y nada menos. Sólo así otras personas podrán verme tal como soy y apreciarme en esos mismos términos.

Eso fue, justamente, lo que Linker supo al ver las cartas. Obviamente, las cartas me revelaron lo que yo ya sabía que tenía que hacer, pero de forma mucho más ordenada y concreta, y yo necesito orden. Aunque fue en el contexto de preguntarle por una chica, se veía claramente que ella, y por extensión todo el mundo, no me está viendo tal como soy, porque yo mismo no me estoy mostrando tal como soy, de forma auténtica. Porque me da miedo, porque no quiero perder... Pero por evitar eso, me estoy condenando al fracaso, no sólo en el plano sexual o sentimental, sino a una vida de infelicidad. No quiero eso. No quiero volver a silenciar mis emociones, no quiero nunca más negar mis deseos. No quiero una vida de inautenticidad, eso sí que no me lo perdonaría jamás.

No preciso de un Tinder ni de ninguno de esos márgenes tan rígidos sobre el deber ser. Tengo en mí todo lo que necesito. Y sé el daño que hace, a uno mismo y a les demás, no mostrarte tal como eres. Ahora, mi misión es volver a disfrutar de ser yo, no avergonzarme de ello. Si en algún momento de mi vida fui de verdad una persona interesante, puedo volver a serlo cuando quiera, cuando esté listo. Además, ésa es justamente la estrategia de la "presa": provocar interés, en vez de pedirlo o imponerlo. Y más vale estar listo ya, porque el tiempo sigue pasando... y nadie espera para siempre. Yo tampoco lo haré.

Mi vida continúa. ¿Ahora qué?

27/10/17

Relatos del Sur


1. VALDIVIA LA HORRIBLE

Valdivia, esa mítica perla del sur donde todo el mundo quiere ir, en verdad nunca le tuve mucho aprecio, pero ahora está simplemente horrible. Plagada de edificios todos diferentes, apilados unos contra otros sin sentido, e infestada de autos, como si alguien necesitara grandes desplazamientos, cuando en verdad es una ciudad enana. Su río ya no provoca nada; pronto la gente dejará de verlo desde el centro, quedará escondido detrás de esos edificios absurdos y cuando eso ocurra, adiós "capital de la cultura". Danu lo sabe bien. Danu sabe que a la gente le da lo mismo, que esto todavía es un pueblito de campo donde a nadie le gusta que le cambien nada, y que nada se saca con preguntar qué quieren. Danu dice que los círculos sociales son cada vez más estrechos y discriminadores. Aquí los hombres jamás abandonarán su machismo, y las mujeres ni siquiera han escuchado del feminismo, y cualquier persona que piense un poquito más allá está jodida viviendo aquí, el ostracismo viene de prácticamente todos los círculos sociales de la gente de nuestra edad, que son muy pocos. Danu no quiere eso para su hijo Santiago. La gente le mete miedo con eso de que un niño necesita estabilidad, pero Danu está segura de que él se adaptaría bastante rápido, que ni siquiera lo lamentaría, si se cambian de ciudad. Y lo harán. Cuando mi familia y las pocas amigas que aún están viviendo en ese maldito humedal consigan irse, no volveré nunca más.




2. EL PEZ Y EL ESCORPIÓN

Dicen que si ofendes a una Escorpio estás totalmente condenado, y si le ofreces tu amistad, te la devolverá en cantidades que no te imaginas. Nuestra amistad y nuestro cariño, sincero hasta la brutalidad, ha durado ya diez años. La amiga más antigua, la más resiliente, alguien que ha enfrentado sufrimientos que yo ni siquiera imagino, incluso la muerte; pero ahí está, con su sonrisa divina, guapísima como siempre, trabajando igual que siempre. Aguantando, como siempre, a ese montón de idiotas que no saben respetarla, mandándolos al carajo de formas tan geniales que ellos caen al piso sin saber qué los golpeó. Con ella uno puede ver la verdad, pero eso queda bajo tu responsabilidad. Ella es otra alma inquieta que comenzó a sospechar, por cuenta propia, que algo no está bien con las relaciones entre hombres y mujeres en ese pueblo; que salir de ahí es una opción que no se ha dado todavía, pero es una opción que no debe descartarse. De momento, seguirá resistiendo, trabajando, cultivando su cuerpo y su espíritu, sorprendiéndolos a todos con su honestidad. Y sabe que acá hay un Piscis que escapó hace tiempo de ese humedal, pero sigue pendiente de ella, igual que siempre, desde hace ya diez años... y contando.




3. LA MANADA

El invierno ha llegado a los bosques, y todavía no termina. La manada ha perdido a muchos de sus miembros. Unos se fueron a otros reinos, otros murieron espiritualmente, se apagaron sus luces y no volvieron a encenderse. Hace mucho, muchísimo frío. Pero la manada se resiste al congelamiento. Están muy cansados, pero dentro de la caverna se está encendiendo un fuego nuevo. Me dio gusto saberlo cuando estuve con ellos. Han pasado varios años ya, años que nos han cambiado tanto a mí como a ellos, y sin embargo con ellos, con el ritmo lento y el aire helado del sur, fue como volver a casa. Todavía hay unas pocas almas inquietas que necesitan acoplarse, y aparecerán más. Pero para encontrarlas, la manada necesitará renovarse. En el frío del sur, se acostumbraron a mantener una sola identidad, a proteger su guarida con mucho recelo. Pero van a tener que abrirla un poco más. Si no lo hacen, van a morir. La principal razón: una cría está a punto de nacer. Es el símbolo del cambio generacional que necesitan, cambio que tiene que ser radical, o no será jamás. ¿Podrán esos animales del sur cambiar su suerte y su destino? ¿Podrán compartir sus éxitos y sus desdichas con alguien más? ¿Podrán salir de la caverna y volver a dominar los bosques, como lo hicieron en gloriosos años pasados?




4. EUDAIMONÍA

Priscila nos abrió la puerta y se puso a gritar de felicidad. La última vez que yo estuve en su depa fue hace como 3 años. Trataba de disculparse porque habían vuelto hace un ratito nomás con Pancho y no tenían nada listo, pero en el fondo sabíamos que eso no importaba mucho. Antonia Luna empezó de inmediato a ponernos a todos al día; ella era el único canal de comunicación entre todos los miembros disgregados del mítico Programa de Alcohol y Drogas del COSAM Osorno, disuelto poco después de que yo me fui. Pero el destino es sabio y las piezas siempre vuelven a encajar. Lo supe porque al poco rato llegó Alex Sam, junto con una prima suya. Ése tipo sí que estaba cambiado. Nos dimos un tremendo abrazo, abrimos unas chelas y de igual forma, nos pusimos al día al tiro. Cuando la mesa estuvo lista, nos instalamos y no nos movimos nunca más de ahí. Corrían los platos, corrían las copas y corrían los temas de conversación. Uno a uno fuimos abriendo nuestros corazones a los demás, disolviendo los años que habían pasado entremedio, y al mismo tiempo alabando nuestros cambios, nuestros triunfos y fracasos. Cada quien estaba lidiando con demonios diferentes, también yo con los míos. Y cada quien estaba librando esas batallas con un coraje tremendo. Porque si no lo haces tú, ¿quién lo va a hacer por ti? Si no abrazas el cambio y la incertidumbre que éste trae, ¿qué crees que va a pasar? Inventábamos respuestas absurdas para todas esas preguntas trascendentales, y nos reíamos a carcajadas. Y así transcurrió esa velada increíble, hasta que ya eran las 4 de la madrugada, yo estaba algo ebrio y Antonia Luna tenía que trabajar al otro día. No sé si habrá llegado a tiempo, quizás llegó con caña. Pero estoy seguro que estaba muy feliz.





5. EL 11 DEL 11

La casa está mirando al mar y la costa de Puerto Montt. La niña me dice que baje con ella al patio, me muestra sus herramientas de juguete y se pone a cavar un hoyo en la tierra. Me cuenta que bajo la casa, entremedio de las vigas, vio a un lobo negro que le dio mucho miedo, pero su mamá fue con ella y recitaron juntas unos mantras, y el lobo desapareció. Almorzamos y la mamá me cuenta que la niña nunca había estado tan contenta de recibir visitas, que no pescaba cuando alguien iba a verles, pero ese día se levantó temprano e incluso la acompañó en el auto a buscar al amigo de su mamá, sin saber quién era, y eso jamás había pasado. Una vez recogió una manzana y no quiso comerla hasta que fue a darle las gracias al árbol, y desde entonces toda la familia lo hace. Lo hacen jugando, pero lo hacen en serio. En estos tiempos de tempestad espiritual, hay que dar gracias por cada fenómeno que nos ayude a sobrevivir. Cada manzana que caiga fresca de un árbol, cada brisa de aire limpio, cada gota de lluvia que riega la tierra, siguen existiendo, porque hay una red espiritual en todo el mundo, orando y meditando, salvándonos a todos de la catástrofe total. Entre las cartas de tarot que compartimos, podemos ver las guías para contribuir a esa batalla espiritual desde nuestro propio desarrollo interior, mientras la niña insiste en mostrarme también sus dibujos mágicos. Ellos vienen, siempre vienen. Al despedirme, la niña me dice al oído: "mi mamá dijo, prepárate para el 11 del 11".




6. LICARAYÉN

Camino junto a Milena por la orilla del lago al atardecer en Puerto Varas. Ella bromea con sus panoramas medio románticos, los dos nos reímos. Hay personas vendiendo artesanías, niños que corren, hombres que llevan cañas de pescar. A lo lejos veo la figura, y siento mi corazón golpear con fuerza. Milena me dice que vayamos. En un minuto, llegamos al pie de la estatua. Mirando el volcán, erguida y con los brazos extendidos hacia él, ahí está Licarayén. Milena le llama "la mujer de alambre", pero luego no dice nada más, se pone a tomar fotos a la estatua, al lago, al atardecer detrás de los volcanes, mientras un viento frío y los últimos rayos del sol me envuelven. Milena no había dicho nada, pero me trajo acá por una razón. Nos sentamos a la orilla del lago, en silencio. Al rato, le digo que estoy emocionado. La leyenda de Licarayén me hace pensar que mi historia fue en sí misma una leyenda, que fue como estar con un personaje mítico. Una vida única, totalmente insuperable. Y ahora siento que nunca más, nunca en la vida, volveré a sentir lo que sentí durante estos años, que jamás volveré a tener una historia como ésa. Le había hecho el quite a ese pensamiento, refugiándome en la indiferencia, en una crueldad carente de sentido. Y ahora se me presenta de golpe, y me da una pena tremenda. Milena me abraza. No importa cómo terminó, no importa saber que hice lo correcto. La pena la siento igual. Después del llanto, y de comer un trozo de chocolate que la dulce Milena me regala, el inevitable alivio de haberme sacado algo pesado del corazón. Sí, es una pena... pero es también un desafío. ¿Qué más tendrá que pasarme? ¿Y cómo lo afrontaré? ¿Qué cambios me esperan cuando vuelva a Concepción, cuando empiece todo otra vez? Estoy ansioso por saberlo. No puedo ver mucho más allá, no vivo con un pie en el futuro; sólo puedo anhelar, tener la esperanza de que más temprano que tarde, estaré tranquilo. En algún momento mi atormentado corazón encontrará la paz. Pero tendrán que pasarme muchas cosas, todavía muchas más, para llegar a ver ese momento con claridad.




BONUS TRACK
EN LA PLAYA

Estoy con mi mamá en la playa, en Niebla. Llevo unos pocos días en Valdivia, y me quedaré más o menos una semana, por primera vez en años. Estamos sentados en la arena, con los pies descalzos. El mar está tan tranquilo que parece un lago. Ya hablamos de todo. Ella sabe cómo estoy yo, yo sé cómo está ella. Ya analizamos a todo el mundo, incluidos mis dos hermanos y mi papá. Ya llegamos a la conclusión de que todo lo que ha pasado, era necesario. Y lo que siga, también lo será. Llegamos a la conclusión de que en nuestra familia ahora somos todos adultos, y vale la pena empezar a creerlo, y a mirarnos como tales de una buena vez. Sabemos que a final de cuentas la vida seguirá sorprendiéndonos, y cada vez que creas que estás listo y que lo sabes todo, ¡paf!, otro golpe de realidad, otro pensamiento que cambiar, otra actitud para aceptar lo que viene. Pueden pasar tres años, como pueden pasar treinta; es igual. Los cambios, como la marea, siempre van y vuelven. Van y vuelven.

18/9/17

31. La casa sobre la colina


Subiendo por el cerro, bajo un sol de verano y un cielo maravilloso, llegué a la casa sobre la colina. Abrí el portón y entré. La casa era grande, estilo colonial, estaba desocupada hace un tiempo y se veía algo oscura y desaliñada. Al entrar me di cuenta de que el espacio era grande y cómodo, sólo hacía falta limpiar todo. Me saqué la mochila y me puse a ordenar, abrí ventanas, moví tablas, barrí el piso. Quería un espacio donde recibir a todo el mundo, a todas las personas que me conocieran y que quisieran estar ahí conmigo, para no estar nunca más solo en mi propia casa. Se abrió la puerta y entraron mis amigos magallánicos, los terapeutas y la gente de la ONG, que de inmediato me ayudaron a acarrear cosas y lavar algunos platos y tazas. Acomodaron la mesa al centro del salón, prendieron inciensos y palo santo, se sacaron unas chelas y unas hierbas mágicas y pusieron esa música que tantas veces nos ha prendido antes del carrete mientras se reían a carcajadas. De inmediato empezó a hacerse un buen ambiente. Sentí autos afuera y salí a ver qué onda, y era la gente del clan, mis queridos y queridas maestras. Nos abrazamos con todo el mundo y entraron todas a la casa, unas se pusieron a preparar comida, otras fumaban y jugaban a las cartas, otras se iban a los dormitorios y tiraban colchones en el suelo y ahí quedaban tiradas, como gatitos. Entró más gente, conocidos de conocidos, gente que había visto allá en Valparaíso también, y todo el mundo compartía feliz, mientras yo andaba de un lado para otro, entre pasillos y escaleras donde me topaba a cada rato con alguien diferente, como siempre ando en los carretes, mirando todos los grupos y captando a medias los temas de conversación mientras sigo dando vueltas con mi vaso en la mano. Afuera apareció el invernadero y llegó la Unidad de Terapia Ocupacional en pleno, con un montón de gente que iba entrando, los chicos de la ONG y otros participantes. Estaban regando, martillando tablas, transplantando flores y moviendo la tierra con palas y azadones. Entraban y salían con guantes y herramientas, con flores en las manos y sonrisas en sus caras. Me quedé conversando un buen rato con una de ellas, estaba muy contenta de estar en ese lugar, de que todo por fin estuviera tomando forma, contenta por mí. Nos dimos un sentido abrazo, y le dije que siguiera nomás, entre risas. Observé que todo estaba en orden, que el ambiente adentro y afuera estaba OK, y me alegré tanto que quise ir a tocar guitarra, sólo que adentro con la música y las risotadas no se escuchaba nada. Tomé a la Flaca y salí al patio con ella, busqué sombra junto a la pandereta y ahí apoyé mi espalda, acalorado y feliz. Me puse a tocar algo, no recuerdo qué cosa, mientras veía que el pasto crecía, verde y brillante frente a mis ojos. Mirando eso, vi su sombra acercarse a la mía. Seguí tocando y la miré, sin hablar, y quedé maravillado. Ella bailaba con la música que yo tocaba, que era algo así como un rock and roll. Daba vueltas y saltitos, se reía, acercaba su cara a la mía y volvía a alejarse girando sobre sus pies. Qué bonita se veía, y qué complicidad nos teníamos, las miradas coquetas y los gestos chistosos iban y venían. Luego nos pusimos a caminar hacia la casa, conversando, y yo iba mirando el pasto largo y mi propia sombra, larga y delgada y con la Flaca en la mano. Tuve el impulso de tomarla de la mano y estiré mi  izquierda, pero ella no estaba. Se había escabullido de mi lado y la vi entrando a la casa. Apuré el paso y me paré frente a la puerta. Escuché a la gente que conversaba y la música que seguía sonando. Di un largo y profundo suspiro, y abrí la puerta. Y ahí desperté.

10/9/17

En el puerto

 "Disfruta, pásalo bien, y desconéctate."
"Eso haré."


Despierto con dolor de cabeza en el bus. El sol me da directo a la cara. Llegamos a Valparaíso. Nunca había estado aquí. Tomo el bolso pesado que trae, entre otras cosas, mi terno y mis camisas. Ni siquiera tenía que estar aquí tan temprano, pero lo necesitaba. Salgo y me encuentro con el Congreso. Ése es el edificio que hay que quemar. Me río de ese pensamiento.

Recorro la Universidad de Playa Ancha, subiendo y bajando escaleras. Los puertos son de subir y bajar todo el tiempo, me gusta eso. Pero debo irme a la hostal, a dormir un rato antes de empezar a trabajar en la Jornada. Doy un par de vueltas en bus por la ciudad, con la gentil ayuda de Google Maps. Las micros acá son todas como las Coronel-Lota, ruidosas, rápidas, choras. Miro los edificios altos entre calles estrechas, el montón de gente, la música por todos lados, las calles coloridas y desordenadas. Creo que me gusta aquí.



Ya en la hostal, un edificio colonial pintado de todos colores, empiezo a contestar llamados y mensajes de Whatsapp. Estoy bien, no se preocupen. Mi hermano me recomienda no alumbrarme tanto por las redes sociales, porque quienes me conocen se dan cuenta fácilmente que no he estado bien las últimas semanas y eso es dar mucha información. Ojalá lo hubiese hecho, ojalá antes, y en el mundo real, no en el virtual. Sí, es fácil darse cuenta que he estado con rabia, que todo cambió, que estoy en un punto muerto en que no tengo idea de qué va a pasar. No quiero pensar más, tengo sueño, me acuesto un rato. Miro las paredes verde limón y el techo rojo del dormitorio; reflejos de sol entre las sombras de las ramas que se mecen al viento...

Un barco llega al puerto. Otro se va, de inmediato.
Una ola rompe contra el muelle.
Un lazo rojo se extiende al infinito.
Un volcán comienza a echar humo.
Lluvia cayendo sobre el techo del invernadero.
Voces que declaman juramentos, velas encendiéndose.
Cartas de tarot girando sobre mi cabeza.
 
Unos ojos me miran, grandes y verdes.
El lazo rojo se estira, se pone tenso.
Las pupilas se dilatan, la respiración se agita.
Luces de todos los colores y fractales se dibujan en la noche.
Un colchón lleno de personas, todas me abrazan.
Una cortina de lluvia azota los ventanales de la casa.
Los cristales se trizan.
El lazo rojo se corta.
El volcán explota.
Las cartas de tarot salen disparadas por los aires.
Los ojos se cierran, apretando los párpados.
Las olas rompiendo contra las rocas.
Un barco se acerca al puerto.
Un anillo de plata cae al agua, hundiéndose lentamente.


Metido en la ducha, dejo caer el agua sobre mi pelo recién cortado. Tengo un insight, y recién ahora vengo a entenderlo todo. Me había negado, pero ahora lo acepto como absolutamente necesario. Doloroso, pero necesario. A veces la realidad es difícil de aceptar, y me ha costado horrores este último año. Esto se trata de saber quién soy realmente, qué haré con mis emociones de aquí en adelante. Dejar de orientar mi corazón siempre hacia otras personas, y orientarlo hacia dentro, resolver el problema de la aceptación de mí mismo, con todas mis luces y todas mis sombras, de una vez por todas. Tengo que tenerme paciencia.

Parto nuevamente a la UPLA y me encuentro con Carmen, la maestra. Seré su fiel consejero y maestro de ceremonias durante los próximos dos días de Jornadas Chilenas del Modelo de Ocupación Humana. Estaré animando, dirigiendo grupos, hablando en un foro, presentando nuestro trabajo con mis amigos terapeutas. Gente de todo el país viene en camino a este evento humilde y grandioso a la vez. La emoción me inunda, no estoy nervioso, pero sí con ganas de ver cómo resultará todo. La maestra me apreta las manos. Ella confía plenamente en mí, y se lo agradezco con todo el corazón.

Patiperreando un rato por el centro, doy con una intersección de calles que forman un triángulo medio inclinado, por donde pasa toda la locomoción y toda la gente. Me meto a un café (obvio, no podía no hacerlo), la Fuente Bávara. Y mientras me tomo ese café irlandés y escribo en mi libreta, veo a la mujer que vende pañuelos y parches sentada en el suelo justo afuera de la ventana. Escucho un silbato. Por la calle vienen atravesando una hilera de unos 10 chicos y chicas vestidos de payasos. No esos payasos con globos, ropa hinchada ni voces chillonas. Sino esos payasos con ropas coloridas y sencillas, con cuerpos de acróbatas, que andan de verdad sacando sonrisas de los corazones de la gente en la ciudad. Se sientan en círculo alrededor de la mujer y le cantan una canción que no conozco, seguro una canción típica del puerto. Luego la abrazan entre todos. Me recuerdan a los personajes de las cartas del tarot de Marsella, y me emociono mirándoles. Luego se levantan de un salto y continúan su marcha hacia una estatua, donde se paran en postura de héroes y la gente les toma fotos y todos se ríen con sus payasadas.


Sigo caminando y conociendo el puerto. En la noche me entero que hay partido de Chile contra Paraguay, y pruebo suerte entrando a un bar. Está lleno de gente, de luces cálidas y tenues como velas, de flores y máquinas de escribir en la barra, espejos por todos lados, banderas de países y equipos de fútbol colgando del techo. Basta sentarme en la barra y pedir una cerveza artesanal y se acercan al tiro tres personas diferentes, dos hombres y una mujer, a ver el partido y conversar. Nadie se conoce, por eso vieneron a la barra. Ella es profe de literatura, él está estudiando en un conservatorio, el otro creo que es abogado. Algo conocen sobre la terapia ocupacional, pero igual tengo que explicarles, y nos divertimos con nuestras historias. Veo solamente el primer tiempo, me termino la tercera cerveza y me voy. Lo siento, tengo que estar temprano mañana en la U, ha sido todo un placer, ojalá nos veamos de nuevo cuando vuelva al puerto, oye vayan a Concepción cuando quieran.


Por fin he dormido bien y voy más que puntual a la UPLA, de terno y camisa en un bus lleno de estudiantes. Poco a poco empieza a llegar la gente. Saludo a todo el mundo, y no me despego del lado de la maestra, que está media adolorida físicamente, pero feliz y ansiosa. Mis amigos llegarán en un rato, esos sureños australes son incapaces de llegar puntuales a ninguna parte. Estamos en la hora Carmen, empecemos nomás.

Al iniciar, un piano instalado en el escenario del auditorio recibe a un chico porteño, ciego y con hipoacusia, que comienza a tocarlo. Es un momento tremendo. Rachmaninov, y luego Chopin. El chico tiene el piano totalmente grabado en la cabeza, no busca las teclas, ellas llegan a sus dedos. Es realmente impactante. Cierro los ojos y me dejo llevar. Luego Carmen le preguntará cómo lo ha hecho hasta acá. Él dice que todo lo ha logrado con ayuda y consejos de sus profes, y que ahora le aconsejaron no tocar tanto de memoria y más escucharse a sí mismo. "Escucharme a mí mismo", repito en voz baja.

Saludo a mis amigos en el coffee break, Gonzalo y Oscar y Carlo, y luego llega Jano. Ellos ya armaron grupo con Tamara y algunas chicas de la USS. Hacemos buenas migas con Dani, con quien trabajo después en la actividad grupal. Se trata sobre investigación, pero las chicas aún no llegan a Seminario de Título... entonces hay que irse a un momento anterior. ¿Qué es investigar? ¿Qué se les viene a la mente? Si les dicen que tienen que empezar una investigación, ¿qué tendrían que hacer, sobre qué lo harían? Luciéndome con lo poco que sé sobre el asunto, termino haciendo clases en ese pequeño grupo de chicas, todas sentadas en el suelo. Más tarde almorzamos apurados en un local a la vuelta de la esquina, un grupo de como 10 personas donde los terapeutas, cómo no, hacemos el payaso todo el rato y las chicas se ríen y se ríen. Apenas alcanzo a picotear unas papas fritas y ya debo irme. Es raro andar de terno y camisa por todos lados, pero dicen que me veo bien.


Comienza el foro; comento sobre todo lo que conversamos con las chicas y también adelanto sobre el trabajo que presentaremos más tarde, sobre la importancia de demostrarle a la gente que lo que hacemos sí tiene una efectividad probada, que no son inventos nuestros sino una forma nueva de hacer salud, de crear bienestar. Y luego de unas presentaciones, viene el trabajo mío y de Oscar Quiroz, el creador de Rebrota, el hombre que soñó el trabajo que yo sólo le ayudé a estructurar. Se trata sobre el invernadero Oasis, sobre el método de la salud colectiva, sobre los efectos probados en la volición, habituación y habilidades de todo el grupo de personas con los que trabajamos. Se trata sobre psiquiatría comunitaria, sobre ecología, sobre derechos humanos, sobre terapia ocupacional pura y dura, libre y creativa, humilde y poderosamente efectiva. Nos aplauden a rabiar, nos llenan de preguntas y Carmen en persona tiene que detener el asunto para no retrasarnos más. Muchas personas se nos acercan, todos han intentado hacer esto mismo y es primera vez que saben de alguien a quien le resulta de verdad. La maestra me abraza con toda su fuerza, está feliz. Tamara piensa que nuestro trabajo se robó la jornada este día. No doy más de calor, de cansancio, y de felicidad.




En la cabaña, Gonzalo me agradece por las palabras. Le digo que no podía ser de otra forma, que la validación de los terapeutas allá en Psiquiatría se la debemos a él. Tomamos piscolas y escuchamos a Newen Afrobeat, mientras hablamos de las chicas y de la otra presentación que se nos viene en Temuco, para empezar. Veo gente agregándome a Facebook y dando corazones a mis fotos, y ya sé a dónde va esto. Pero esta noche debo descansar. Los muchachos salen, yo apago las luces y me voy a acostar. Esta vez creo que no sueño nada. Despierto varias horas después, con ellos llegando, ebrios y con ataque de risa. Me vuelvo a dormir.

Una hora y media después ya estoy en camino a la UPLA, voy por ese segundo día de Jornadas. Bendito Google Maps. Me pongo en modo presentador de nuevo, me siento realmente cómodo haciendo de maestro de ceremonias, y se me da bien. Es que me gustan los escenarios, es parte de mi ego, lo acepto. Me voy entendiendo con los colegas más antiguos. La jornada marcha como reloj.


Al almuerzo, Tamara y Dani me secuestran otra vez y nos vamos a la playa. Los muchachos nos esperan con empanadas de mariscos y camarón queso. Y ahí estoy yo, de terno y camisa, comiéndome una empaná camarón queso en la playa, sentado en el suelo mientras los otros siguen tonteando. Dani tiene una historia de procedencia parecida a la mía, somos de varias ciudades al mismo tiempo, entonces es como ser de ninguna parte. Sólo ser, igual que ahora. Mientras caminamos de vuelta al paradero le comento sobre mi aspecto y nos reímos. Dani dice que así es la vida, que hay que ir atreviéndose a hacer cosas raras, cosas nuevas, cosas que te hagan disfrutarla.

Las últimas presentaciones de la Jornada nos dejan a todos enamorados. El trabajo de rehabilitación con el chico de Perú, las niñas que se atrevieron a entrevistar a la gente de la calle en Concepción, las mujeres maravillosas de la biodanza (Carmen supo de inmediato cuál de las dos me había gustado más), la historia de desarrollo personal de la chica del clowning, y la tremenda jugada de la colega de la Araucanía con los paramédicos de las zonas rurales, saludando a toda la audiencia en mapudungún. La Corporación MOHO Chile rinde un tremendo homenaje a la maestra, que se deshace en lágrimas de alegría. Carmen es genial, es tremendamente inteligente, terriblemente astuta, con un corazón donde cabe todo el mundo. Es realmente un privilegio trabajar juntos en estas Jornadas. La próxima, ya lo sabemos porque ya lo conversamos con los muchachos, será en Concepción.


Unas horas después estamos subiendo un cerro, arriba, muy arriba. La inclinación lo hace difícil para mis zapatos formales. Jano nos lleva a casa de Taz, que está haciendo una parrillada con un grupo de gente, toda hippie como él. Taz es otro magallánico que está viviendo en esa casa, viviendo de la tierra, de un trabajo tremendo que se dio para recuperar un trozo del cerro y convertirlo en un jardín agroecológico autosustentable. Escuchando Echoes de Pink Floyd, miramos el anochecer sobre el puerto desde una vista absolutamente privilegiada. Sólo las estrellas y las luces allá lejos, sólo el mar y su extensión infinita, sólo el viento que me remece el pelo, la ropa formal, la piel y el corazón. Es un escenario maravilloso, inolvidable, que no cabe en fotos ni en palabras. Sólo contemplar, mientras las plantas crecen silenciosas en ese pedacito de paraíso, y siento el humo que echan los muchachos mientras se ríen. Taz nos regala semillas de cilantro y toda su buena energía, de pura paz y aguante sureño.



Recorrer el puerto en la noche es otra cosa. Lleno de luces, de colores y de gente, pareciera que la ciudad efectivamente nunca duerme, menos hoy que es sábado. Ahí andamos, dando vueltas y buscando qué auto tomar para ir y para volver. Me habían invitado a Viña, pero creo que será para otra ocasión. Ahora entramos a una casa en un cerro, llena de chicos un poco más jóvenes que nosotros; Dani nos invitó y yo moví al grupo para que fuéramos. Haciendo la fogata en el patio y animando la fiesta adentro, los terapeutas seguimos luciéndonos con el buen ánimo que tratamos de instalar donde sea que vayamos, sobre todo el bueno de Gonzalo. Cervezas y conversaciones con todo el mundo, risas y bailes al sonido de puro rock ochentero, un soundtrack que nos sorprende y muy gratamente.


Abajo en el puerto, entramos en el Proa, lleno de gente, y nos metemos por ahí a beber y bailar con unas amigas de Jano, también terapeutas. Yo me quedo contemplando unos minutos. La música de las discos me aisla de cualquier conversación, y entre las luces de neón y la oscuridad, a menudo uso todo eso para volverme hacia dentro y contemplar, masticando mis propios pensamientos. Empiezo a sentirme mal por no haberme ido a Viña, empiezo a recordar todo lo que pensé cuando llegué a esta ciudad el jueves. Y en eso, una chispa de fuego se enciende detrás de mí y se acerca a toda velocidad. Siento una mano pequeña tomando la mía, y me sacan a bailar de un tirón. Una morena, bajita, muy guapa, cuyo nombre nunca supe, simplemente no me da tiempo para inventar excusas. En un par de segundos debo sacarme la chaqueta negra y sacarme la nostalgia. Es hora de disfrutar la noche. Yo no sabía que ella estaba también en las Jornadas, y ella no sabía que yo era el presentador. Nos da ataque de risa, no puede ser que el mundo sea tan pequeño. Pero lo es.

Salimos de ahí como a las 5 a.m. y todos siguen muy arriba de la pelota, pero yo estoy totalmente agotado, no soy capaz ni de hablar. En ese triángulo irregular donde estuve en ese café, hay una buena masa de gente carreteando, vendiendo sopaipillas, haciendo malabarismo, tocando guitarras y trompetas. Es como un circo ambulante de la noche, con gente de todas partes gozándola y burlándose de la tristeza y la soledad. Sigo contemplando, en estado de zombi. Me compro unas papas fritas. Luego vamos a dejar a las chicas al paradero, y yo después camino directo al bus. Los muchachos se suben después de mí. Es cierto, hay que irnos ya.


En la mañana (cuál mañana, si nos despertamos como a la 1) ordenamos rápidamente todas las cosas y desocupamos la cabaña. Nadie trajo a ninguna chica a esta casa, como esperábamos hacerlo, pero no importa, será hasta la próxima. Oscar y Gonzalo se van, deben estar en Concepción en la noche. Nos vamos con Carlo y Jano a almorzar al Mercado Cardonal. Hacemos los últimos recuentos de las Jornadas, de todo lo ocurrido los últimos dos días, y ha sido realmente un viaje tremendo. Estamos felices, y con un poco de caña. Jano se va, luego dejo a Carlo en el terminal. Me compro pañuelos (nunca ando con pañuelos, los compro no sé por qué), una botella de agua, me pongo los audífonos y camino, hacia el centro, a ver qué sale.

Llego al cerro que es el Parque Cultural, antigua cárcel, hoy un parque hermoso, donde muchos niños juegan y gente encumbra volantines, parejas que pasean y se besan, gente haciendo yoga, haciendo música, y gente sentada en el mirador con cámaras de fotos, meditando, viendo la ciudad y el mar. Me siento ahí, en posición de loto simple, bajo el sol, y escucho el viento con su elocuente silencio.



Con esa escena de fondo, cierro los ojos y dejo pasar todos los pensamientos. Todos, a la vez. Los contemplo, vienen y se van. Eso es lo que debo hacer en este momento de mi vida, contemplarme a mí mismo. Vuelvo a lo que pensé el pasado jueves, lo entiendo todo, y empiezo a aceptar todas las cosas. Porque podría enredarme en argumentos infinitos y darme la razón mil veces, pero aceptar la realidad es otra cosa. Me ha costado tanto hacerlo. He estado lleno de temores, lleno de apegos, de ideas no muy realistas que he querido mantener a toda costa, porque no he sido capaz de asumir mis verdaderos sentimientos, mis ideas y mis deseos. No quiero postergarme más, porque cuando lo hago, eventualmente todo el mundo sale lastimado, no sólo yo. Es todo lo que ha ocurrido este último tiempo. Y me da mucha pena. Me había prometido a mí mismo no estar triste, pero después de meses resistiéndome, me doy cuenta de que es otra cosa que debo aceptar sobre mí. Dejo pasar todo el lamento. Lamento no haber sido honesto mucho antes, lamento haberme enredado tanto en mis fantasías, lamento ser tan poco asertivo a veces. Lamento no saber qué pasará cuando ella vuelva, lamento no estar seguro de lo que siento, lamento no tener el control. Otra vez, otra idea que tengo que soltar. Saco de la mochila esos pañuelos que había comprado sin saber por qué. Y silenciosamente, dejo salir el llanto. Me había negado a hacerlo durante meses y meses. Pido perdón, no sé a quién, supongo que a mí mismo, por no tenerme paciencia, por negarme tantas cosas, por no querer escucharme a mí mismo. Pido perdón al Universo, por haber perdido el rumbo en el entendimiento y la conexión con el Todo. Todavía me falta un largo camino por recorrer. Pero ahora estoy dispuesto a retomarlo. Respiro profundamente el viento que me sigue sacudiendo el pelo y el corazón, el viento que por fin se ha llevado mi angustia. Me siento absolutamente aliviado. El Universo me ha perdonado; yo, todavía no sé. Pero lo sabré pronto. Sólo necesito un poco de tiempo.


Luego voy subiendo por el ascensor y llego a Cerro Alegre. Es, creo, el lugar más hermoso que he visto en toda mi vida. Tiene todo lo que me gusta y mucho más. En cada café, en cada vuelta de esquina, me siento como paseando por un lugar sagrado. Toco los tambores metálicos en una tienda, conversamos sobre los chakras en otro lugar, huelo aromas de todos los tés y todos los inciensos por aquí y por allá. Le converso a la chica de los tés que me siento como en un templo, que se nota el trabajo energético que han hecho todos por aquí, y ella se pone tan contenta que me vende unas bolsas a mitad de precio. Escuchando el gipsy blues que tocan unos chicos en un callejón, me tomo un café y contesto mensajes de muchos colegas terapeutas que quieren seguir en contacto. Comienza a atardecer en el puerto. A esas alturas ya me siento medio en éxtasis de colores, de sabores, de buenas charlas, y de tranquilidad.



Mientras camino de vuelta al centro por esas calles llenas de colores al atardecer, pienso que es simplemente genial tener tantas razones para volver a esta ciudad. Y más que eso, siento que le saqué el jugo a este paseo maravilloso por el puerto, donde pasó, efectivamente, de todo un poco. Misión cumplida, Kalo Camilo. De vuelta al terminal, prometo que tarde o temprano volveré a andar en el puerto, este puerto que me arrancó las angustias, me regaló momentos hermosos, y se quedó con un pedacito de mi corazón.

"Era él, era yo"

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Hermano del medio, terapeuta ocupacional, aprendiz de brujo, escritor amateur. A veces hago música, a veces planto cosas, a veces pienso demasiado en todo.